Porque esa boca envenenada todavía no ha dejado de clavarme los colmillos.
Y a mí nadie me asegura que esas crueles mariposas no recuerden el camino de vuelta...
Todavía no sé muy bien dónde estoy. Huele a mar y a vida y sólo se escucha el ruido de las olas.
Respiro.
Resurjo.
Resucito.
La arena fría en los pies como remedio para casi cualquier enfermedad.
Se nos han calmado las aguas y es de noche; baja la marea y me quedo a oscuras.
Silencio.
Silbidos y viento.
La brisa y la ausencia de prisa; contradicciones de costa que hacen que todo parezca más fácil.
El mundo vuelve a ser un lugar mejor;
Recupero la fe.
Vuelvo a estar en paz porque ya sé lo que me falta.
Ya lo dijo Cortázar: nadie elige la lluvia que le va a calar hasta los huesos al salir de un concierto.
Yo estoy calada y tú has vuelto a llover.
—Gracias; menos mal.
Y no dejes de hacerlo nunca.
Me fui porque no sabía si tú eras razón o excusa para quedarme.
Porque resonó en mi cabeza el grito mudo de un alguien que podría ser yo en un futuro rogándome auxilio a mí misma: tú que puedes, márchate.
Y en un alarde de todas mis victorias -como quien sólo vive de glorias pasadas- supuse que marcharme sin dar más explicación que sentirme fuera de lugar era la muerte más digna o quizá sólo el 'fin' menos cruel para los espectadores.
Y ahora me debato entre el orgullo de quien sabe que se ha equivocado pero no se atreve a renunciar a sí mismo por alguien más, y las ganas que tengo de volver a besarte los párpados cuando me sueñas.
Este es sólo mi quincuagésimo viaje de vuelta.
Las peripecias de una nueva partida hacia el lugar de origen.
La heroicidad que es tal sólo por acometerla un cobarde.
Y mis inmensas ganas de volver...
Deja de llover y a mí se me agotan todas las prisas con las nubes;
No sé si paradójicamente las cenizas me han desempolvado el corazón o si realmente nunca llegó a extinguirse el fuego.
Sea como sea hay algo en mí que ha vuelto a ponerse en marcha.
Y tú y yo, estáticos, supimos hacer de la noche una noche invencible.
Como las catedrales de Monet, nos volvimos policromáticos y nos olvidamos del correr de las agujas del reloj.
Quizás sea el alcohol pero no puedo ni quiero irme nunca de ti...
El poeta Halley ha venido planeando esta noche hasta mi cama para recordarme que el viento lo pone todo en su lugar: me ha dicho que me suelte. Que me deje. Que me olvide. Que me abandone...
Y después ha respirado como si fuese la última bocanada de aire para sus pulmones y ha vuelto a pronunciar la palabra mágica: hogar.
Y con su aliento en mi nuca he despertado de esta perfección onírica que me ha llenado los ojos de alegría.
Hasta esta noche, y hasta la próxima.
Porque cuando oscurece los poemas de bocas ajenas se vuelven un poco nuestros y nos cuentan justo eso que nos da miedo decirnos en alto...
Machado ya supo verte así; quiso igualarse a Unamuno en su faceta más existencialista cuando intentó hablar de ti pero no supo ponerte nombre; habló de un Dios tan inexistente racionalmente pero tan vitalmente deseable...
Juan Ramón Jiménez dijo que la poesía sólo podía responder a tres impulsos; sed de belleza, ansia de conocimiento y anhelo de eternidad. Qué jodido genio. Qué bien supo describirte sin saber de ti,
hermético e inefable. Eternamente inmortal. Irremediablemente tuyo.
Y yo mientras tanto tropiezo cien veces con la misma jodida piedra.
Joder.
Que alguien me salve para siempre de esta mierda y tu veneno; que Vetusta amortigua la caída y el dolor cuando estos poetas me abren las heridas que ya creía curadas, pero todavía no ha sabido enseñarme a aterrizar...