domingo, 20 de diciembre de 2015

Émotionnellement; je sais pas

Darle un giro de 360° a tu vida
te deja exactamente en el mismo lugar.
Dicen que en el medio está la virtud;
pero tú siempre estás en medio.

Porque siempre hay algo
o alguien
que me recuerda
lo bonita que le queda la tristeza
al dolor de no saber quién eres.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Tristeza - Iván y Amaro Ferreiro


Sé que no suele pasar
pero
ya no sólo me ronda la muerte:
ahora también me baila la esperanza.

Me cuenta que
a veces,
es verdad que vuelves.
Que me llenas de colores
y rompes los relojes que me atan
al camino.


Y las raíces que hoy nos faltan
nos hacen ser casa
y arraigan 
como abriéndose paso la vida
donde más devastados estamos
y más joden las cicatrices.

Y también 
no sé qué sobre que el amor
cura
mata
jode
altera
remueve
baila
sangra
canta
ladra
hiere
y
arde.

Supongo que por eso 
a veces
en esta guerra interna de no saber qué hacer conmigo
ni por mí
o contigo
viene un ciclón de fobias y filias
que me vuelve feliz y triste
y que joder
sabe igual que tú

Y qué miedo.
Y qué bien.

(Supongo que muchas veces me repito; que colmo estos vacíos
con las mismas palabras absurdas que quizá no entienda ni yo,
pero es así como siento. Así de feo; o así de real. 
Y no cambio. No me cambias
Menos mal.)

sábado, 14 de noviembre de 2015

13 de Noviembre.

Hoy el mundo se ha despertado con los ojos bañados en sangre.
Matando a expensas de un Dios que predica el amor.
Creando excusas para imponer los ideales a la fuerza de las armas.
Tengo 17 años y las manos llenas de miedo y de rabia por ver lo que estamos creando. Impotencia.
Llamadme ingenua, por favor: aún creo en la humanidad.
Aunque pierda un poco de fe cada vez que me dicen que nada puede conseguirse por las buenas.
Desde aquí reivindico por la libertad. Por la paz.
Haciendo una apología de la vida. De dejarnos ser. De darse la mano. De dejar de hacer del mundo una trinchera.
Y me niego a claudicar.

No sé cuál es la solución pero sí sé que este no es el camino.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una historia que no empieza tampoco termina

Te miro y no sé qué cojones nos pasa.
Por qué esta necesidad de ausencias
por qué cada palabra que me callo.

El por qué de cada oportunidad desperdiciada.
Por qué no nos dejamos ser felices.

Tengo el alma medio rota y las costillas desencajadas me gritan que a veces haces más falta dentro que fuera.
Sigo sin entender el por qué de esta derrota, esta renuncia a mitad de la partida que nos mandó a tomar por culo con la delicadeza del amor a medio construir en los ojos de quien cambia la libertad por la tristeza cuando llora de dolor y de rabia.
Nos hemos vuelto presos de nuestras propias miserias. Hemos costruido un muro entre nuestros cuerpos usando como única arma para la que no fue nuestra victoria cada desgracia compartida hasta el momento en que el ciclón nos arrastró hacia el abismo.

Para quien quiera entender, esta fue la historia que antes de empezar, dimos por terminada. Pero se quedó clavada y duele más que una espina en el centro del dedo corazón.
Porque una historia que no empieza, tampoco termina. Y porque tampoco nos gusta despedirnos.




sábado, 14 de febrero de 2015

Quizá mi femme fatale solo quiere que la quieran...

No sé muy bien cómo empezar pero supongo que lo haré por el epicentro de toda esta historia: sus ojos.
 Las pestañas de un negro azabache que envuelven la mirada felina más hiriente y helada que mis pupilas han tenido la oportunidad de contemplar. Azul, azul pacífico o azul mediterráneo, que a veces es gris y a veces es verde y que me hace sospechar que los colores del cielo no son más que un reflejo de su interior. Cuando llueve, sus ojos son grises y ella está triste, y si está feliz las nubes despliegan sus alas hacia otro hemisferio para que su azul pueda iluminarme. 

Y en su mirada, guarda todo lo bueno que hay en mí. Cuando mira siempre mira directamente a los ojos, clava sus pupilas en las tuyas como si fuese capaz de ver lo que tienes dentro; como si pudiese descifrar entre un parpadeo y el siguiente la mediocridad de tus sentimientos y lo mala persona que eres en el fondo. Porque cuando ella te mira así, sin fingir el más mínimo interés en lo que pueda descubrir en ti, te sientes la persona con menos suerte del mundo, como si todas las desgracias naturales del planeta fuesen culpa del contoneo de sus caderas y aun así, tú, fueses la peor persona del mundo... 
Creedme que cuando la conocí, jamás hubiese imaginado que esas caderas pudieran hacer daño a nadie. Sus piernas largas guiaban mis pasos en todas las direcciones contrarias y decisiones equivocadas que tomaría a lo largo de mi vida. Y así sigue y así seguirá siendo: cada error que cometí fue por culpa de su piel, de sus piernas, de la locura que éstas provocaban en mí y de lo mucho que la quise. Pero si ella fue mi error, seguir los trazos que dejaban sus pies cuando bailaba caminando no era la decisión más acertada: no lo era porque ella no quería serlo. No quería ser mi error ni el error de nadie. No quería equivocarse.

Creedme, era la mejor peor persona que conoceré nunca. Sabía tocarte el corazón. Sólo lucía una sonrisa cuando quería demostrarte lo feliz que podía llegar a ser. O cuando quería demostrárselo a sí misma. 

Era mi femme fatale, escuchaba Oasis mientras fumaba en el balcón y bebía café, frío, porque nunca creyó en las segundas oportunidades. Nunca miraba atrás cuando andaba por la ciudad, aunque no se dirigiese a ningún lugar o aunque algún desconocido gritase fortuitamente las nueve letras de su nombre desde el otro lado de la calle... y aunque sus ojos fuesen tan tristes y tan fríos, sabían ser cálidos cuando era de noche. Como si las farolas de las aceras se apagasen cuando ella pasaba solo para que cualquier transeúnte afortunado, o quizá yo, pudiese fijarme en lo más profundo de sus pupilas y encontrar todo el amor propio que le falta. Todo el amor que nunca le han dado porque se esconde tras esa coraza gris ceniza que disimula con el humo de los cigarrillos que se fuma cuando no quiere recordar algo que le duele.  
A su paso dejaba un rastro de perfume barato como todos los besos que le habían robado, y un montón de colillas manchadas del rojo carmín que siempre adornaba sus labios.

No me hagáis mucho caso, pero yo siempre creí en ella. Con sus ojos pacífico, sus labios rojos, sus piernas largas y sus dudas infinitas. En la niebla tras la que escondía los miles de miedos que llevaba dentro y en las ganas (que no necesidad), que tenía de que yo la salvase.
Dicen que hay soledades que son voluntarias. La suya era el mejor ejemplo, pero sólo porque no sabía lo bien se siente cuando te quieren...


(a veces me gusta salir de mí y contaros, de la forma en que me lo han contado a mí, algunos sentimientos que ni yo misma había visto en mí hasta que alguien me los descubrió, y supongo que, a veces, la mejor manera de auto-definirse es hacerlo tal y como lo hacen los demás, quienes nos ven y nos juzgan, nos conocen y nos dicen que los miedos a veces se van con un poquito de amor propio y compañía...
Y definitivamente, las mejores cosas de uno mismo, nunca pueden estar escritas en primera persona.
Y quizá yo no tenga absolutamente nada que ver con esto. Pero alguien, alguna vez, lo pensó.
Aunque ya no lo recuerde)

martes, 27 de enero de 2015

-

Por no ensuciarme las manos con vuestra sangre
quise quedarme al margen  de toda esa mierda.
Si me tengo que limpiar que sea por dentro,
extirparme la tristeza
y las ganas de todo lo que sé que me apetece
sólo porque no debería.

Pero qué queréis que os diga. Cada vez me importáis menos; estoy fuera de sea lo que sea que seáis, ambicionéis, necesitéis, o cualquier otro verbo que implique algún sentimiento hacia algo/alguien y que guarde relación con cualquier tipo de causa-efecto porque ni me interesa, ni me llena.
Estoy totalmente vacía, desencantada con la vida que sobre-vivo.

Y lo único que sé
es todo eso que me falta
pero que no debo echar de menos en alto...
Que os jodan,
yo ya estoy jodida.