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sábado, 1 de abril de 2017

y también porque el querer es temblar a veces...

Ella
que haciendo temblar a la ciudad con cada paso
seguía creyéndose mortal y humana

Ella
que buscando entre miradas transparentes
la mirada que también lo fuese
se encontró que nadie mostraba con lágrimas
nada distinto a la tristeza

Que entendía la vida como camino
y la muerte como consecuencia

Que entre poetas caníbales
y marineros adictos a la tormenta
nunca encontró la calma de la que se habla
al hablar de amor

Y sigue sin saber si es porque
después de todo
ama la incertidumbre
o quizá sólo sea
que no encuentra la manera
de decirse
que algunas noches
todavía
se echa de menos
porque tú no estás

jueves, 26 de enero de 2017

22 Enero. Los ojos no son el espejo de nada.

Hoy me han venido a la cabeza todas las razones que me faltan y toda la pena que me sobra.
Creedme: soy un vacío monumental.
No dejo de analizarme. De buscarme las raíces. De buscarme en el barro. Tengo anclada a las orejas la canción más triste que he escuchado últimamente y me siguen faltando razones por las que llorar. Pero lloro.
A ríos.
A mares.
Y no me limpio: me convierto en desagüe, en marea, en arrecife. Y la soledad me arrastra de los pelos hasta una orilla que jamás será la mía. A una isla de paz y de calma que me angustia porque yo sólo necesito ruido. Baile. Desastre. Ciclón.

Tengo en las entrañas todas las desgracias que encontré en cada introspección porque cada vez me calan más adentro y no soy capaz de resurgir de mis cenizas.

Supongo que no estoy tan mal después de todo. Que sólo es una racha; un conflicto interno que por definición es irrelevante; ¿qué más da la guerra si se lleva dentro? ¿a quién le importan tus pedazos si te ven entera? Por eso os digo que no: los ojos no son espejo de nada. Como mucho la mirada. Y casi nadie sabe mirar...


jueves, 8 de diciembre de 2016

Ausencias

Desde que estoy tan lejos me cuesta tanto pensar en mí...
Estoy lejos de casa y ahora también de mí.
Mi mente se ha convertido en algo ajeno a mí y todos los recuerdos que me llegan son precisamente los que detesto recordar.

¿Cuánto piensas en mí?
¿el tiempo aún lo miden tus pupilas?
¿vuelves?

Desde que estoy tan lejos me cuesta cada gesto que regalo. Cada palabra que me callo y cada cosa que no demuestro.

Se me gasta la vida en gotas muy pequeñitas que caen intermitentemente sobre los cristales de un cuarto que ni es ni siento como mi lugar porque le faltas. Y deja de apetecerme respirar.

Desde que estoy tan lejos de mi casa la comida no me sabe a nada, no me gusta lo que antes me gustaba ni me llena lo que me dejaba siempre con ganas de repetir.

Desde que estoy tan lejos de ti sólo me importan los kilómetros, sólo me duelen las ausencias que vendrán y la tuya por sentirla tan presente...
Desde que estoy tan lejos de ti sólo me dejo ser. Me diluyo. Me declaro la guerra y espero muy quieta que por la mañana todo esté mejor.

Desde que estoy tan lejos de mí
la belleza ha dejado de verse bonita
los espejos han dejado de romperse en vidas ajenas para traerles mala suerte a ellas también
y la vida ha empezado a teñirse de una tristeza marrón muy fea que me hace confundirla con otoños pasados que me traen sabores amargos.

No sé.
Permanezco. No puedo decir que soy, pero.



Home is where the heart is.
Mi casa está a 300 kilómetros de mí.
Y a 170.
Y a 120.





sábado, 15 de octubre de 2016

sueño inmarcesible (V14 Oct. 00:42a.m.)

Hoy traté de entender cómo funciona todo esto:
mi vida se siente inmarcesible
porque cuelga de las pestañas de unos ojos
que han dejado de parpadear para mirarme dormir.

He aprendido a apreciar cada detalle
en cada gesto:
cómo tu labio inferior se curva para decirme sin palabras
que no sabes muy bien qué responder.
Cómo tus ojos se abren todo lo que pueden
cuando no quieres reconocer que no me entiendes.
Cómo apartas la mirada cuando te ríes
y cómo me pongo cuando te ríes...

De verdad que no entiendo qué cojones me ha pasado;
han florecido tulipanes en mis entrañas
y me he llenado de mariposas.
He absorbido todas las ganas por los poros y me he quedado quieta.
Tanto que puedo sentirte
tres veces por cada latido.

Desde que somos
los días los moldean tus palabras.
La luz me molesta más a los ojos
y me duermo para poder verte mientras sueño.
Y sueño.
Todo lo que puedo. Todo lo que me dejan. Todo.

Pero
lo mejor de todo
es que las noches han dejado de pedirme que huya.
Ya no les dan miedo los fantasmas y la oscuridad.
Se han llenado de canciones tristes que te traen cuando me faltas.
Y cuando estás, toda esta nueva sensación...
no sé en qué me has convertido pero no te vayas.

Ahora
puedo decir que me gusto porque
soy capaz de mirarme
con tus ojos.

Resumiendo:

el deseo
que nunca se marchita
de seguir
eternamente
siendo nuestros.