Hoy me han venido a la cabeza todas las razones que me faltan y toda la pena que me sobra.
Creedme: soy un vacío monumental.
No dejo de analizarme. De buscarme las raíces. De buscarme en el barro. Tengo anclada a las orejas la canción más triste que he escuchado últimamente y me siguen faltando razones por las que llorar. Pero lloro.
A ríos.
A mares.
Y no me limpio: me convierto en desagüe, en marea, en arrecife. Y la soledad me arrastra de los pelos hasta una orilla que jamás será la mía. A una isla de paz y de calma que me angustia porque yo sólo necesito ruido. Baile. Desastre. Ciclón.
Tengo en las entrañas todas las desgracias que encontré en cada introspección porque cada vez me calan más adentro y no soy capaz de resurgir de mis cenizas.
Supongo que no estoy tan mal después de todo. Que sólo es una racha; un conflicto interno que por definición es irrelevante; ¿qué más da la guerra si se lleva dentro? ¿a quién le importan tus pedazos si te ven entera? Por eso os digo que no: los ojos no son espejo de nada. Como mucho la mirada. Y casi nadie sabe mirar...