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domingo, 29 de septiembre de 2013

A ras de cielo

-¡Eres insaciable! Si yo fuera tú hace tiempo que me habría dado por vencida.

-Ése ha sido siempre tu problema.

- Puede ser. Pero, ¿sabes cuál es el tuyo? insistir; Insistir en buscar un alma como la tuya, que te entienda y que sea capaz de saciarte.

-También puede ser. Qué más da, quizá la encuentre. O puede que no. Mientras tanto sólo quiero sentir. Quiero emociones, sensaciones, sueños, vida. Estoy cansada de querer volar y sentir que mis pies están anclados al suelo. Dime, ¿de qué sirve todo esto? ¿de qué coño sirve vivir a ras de suelo? Yo quiero cielo. Quiero cielo, porque sea cual sea mi lugar, siempre estaré mirando el mismo cielo que ese alma rota de la que antes me hablabas...quiero cielo porque no me ha servido de nada vivir así; sin sentir, sin vivir... sin corazón, sin mí. Puede que sea un sinsentido, pero también una vía de escape de este lugar lleno de muertos vivientes, que hablan de sentir, sin sentir; que dicen vivir, sin vivir; quiero estar a ras de cielo para sentir que puedo, para dar la vuelta al mundo en lo que dura un suspiro, para olvidarme del reloj, del tiempo, y de la no-vida que no-vivo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Ando buscando entre tus recovecos los tornillos y las luces que me faltan

Decidido a no sentir más de la cuenta, entra en el local de paredes amarillentas, mesas sucias y camarera sonriente. Está bastante lleno. Se sienta en la barra y pide un Jack Daniels. Coge una de las servilletas de papel y pide un bolígrafo a la camarera. Entonces comienza.

Quise hacer poesía pensando en otra cosa que no fueras tú, pero no me sale. Se me viene a la cabeza cada uno de tus rizos, y entonces, sólo entonces, puedo decir que soy poeta. Y pienso en la inercia, y en todo lo que tuvo que pasar para que aquella primera vez pudiera verte de lejos, y tiemblo. Tiemblo de frío y tiemblo de miedo porque todo eso no vuelva a pasar. Y pienso en aquel invierno en que te conocí, y en cada suspiro que di con cada uno de tus pasos en dirección contraria a mi destino. Y cómo me hubiera gustado que tú fueras mi destino...

-Perdona, pero vamos a cerrar en diez minutos.
-Como siempre el tiempo jodiéndome la vida... ¿cuánto te debo?
Tras darle la cuenta, la joven camarera termina de recoger y se acerca a la puerta del bar, esperando a que el último cliente  decida marcharse y la deje volver a casa.

-Tengo que irme.
-¿Tú también?
-Mira, yo siento mucho lo que sea que te haya pasado, pero no estoy ahora como para aguantar borrachos, quiero irme a mi casa. Ya he aguantado suficientes por hoy.
-No estoy borracho. No me has dejado. ¿Sabes? Si me hubieras dejado emborracharme quizás hubiera escrito los versos que la hubieran hecho volver. Me has jodido la vida. 
-Dudo mucho que si tienes que emborracharte para escribir, puedas escribir algo que tenga sentido.
-Tú la entiendes, ¿verdad?
-
¿Qué?
-Seguro que tú entiendes que se haya ido. Quién diablos querría estar con un borracho que sólo sabe ser poeta si tiene a sus dos rubias favoritas, o un poeta que sólo es si está borracho, o si está con ella.
-Si digo que sí, ¿me dejarás irme?
-Sólo quiero que me ayudes a entenderla. A entenderos.
-Mira, yo no la conozco, pero supongo que algo podré hacer. A ver, dime, ¿qué quieres saber?
-¿Qué buscáis? ¿Qué buscaba ella?
-Podría decirte lo que yo busco, pero no nos conocemos suficiente, y dudo mucho que te sirviera de algo. Dime, ¿cómo es? Quizás si me hablas de ella, pueda ayudarte a entenderla un poco más.
-Es como la cerveza.
-¿Como la cerveza?
-Sí. Y no porque ambas sean rubias. Es como la cerveza; cuantas más veces la pruebo más me gusta. 
-¿Algo más?
-Ella es la única que me hace ser poeta. Decía que le gustaban mis versos. Y mis camisas, le gustaban mis camisas. Y el café. Y tiene un mechón de pelo que le cae sobre el rostro. Me pregunto quién será el afortunado que se lo coloque ahora detrás de la oreja...Digamos que todo en ella es un poema; sus rizos, su mirada, su ombligo, sus caderas, sus piernas, sus andares, sus maneras...Y cada una de estas insignificantes cosas, en ella, deja de serlo. Y es ahí, de ella, de donde nacen mis versos.
-¿Por qué se fue?
-Me dijo que quería que aprendiera a escribir mis propios versos. Quería que aprendiera a ser sin ella. Me dijo que ella nunca había odiado al tiempo, ni tampoco al Sol. Y me dijo que desde que se despertaba con el retumbar de los latidos de mi pecho, todo era más difícil; odiaba al Sol por terminar la noche y tener así que quitarse mi camisa para ir al trabajo. Y me dijo que nunca había necesitado las camisas de nadie, ni los cafés, ni los versos. Y también dijo que conmigo era diferente, que no soportaba necesitarme. Y se marchó. 
-Se marchó queriéndote.
-No sé. Sólo sé que se marchó. Y que a su paso dejó vacío. Vacío en las escaleras, en el armario, en mi colchón, en mí...
-Volverá.
-Ya.
-Créeme, volverá.
-¿Cómo estás tan segura?
-
No todas tenemos la suerte de ser queridas, musas, y felices. Pero ella sí, y por mucho que no quiera necesitarte, lo necesita. Necesita necesitarte y necesita sentirse necesitada. Y por eso se ha ido. Necesítala; escríbele. Escríbele todos los versos que te sean necesarios para que no te escueza su ausencia. Será sólo por un tiempo. El tiempo que tarde ella en darse cuenta de que el miedo a necesitar a alguien, a depender de alguien que en cualquier momento podría fallarle, si es al lado de un poeta como tú, desaparecerá en cuanto te quiera y se deje querer por ti. Así que tranquilo, aguanta. Espérala. Merecerá la pena, porque cuando vuelva, lo hará para quedarse, y ya nada será lo mismo; Tendrás quien te arruine las camisas con manchas de pintalabios, quien se beba tus cafés, quien aporte a tu vida lo que ahora le falta. 
-La espero. Y espero que el tiempo esta vez pase rápido; espero que cuando se sienta sola relea mis versos y me dé las buenas noches suspirando por y para mí. 

Entonces, con la sensación de que respira por primera vez desde que se fue, tacha la última frase de lo que antes había escrito.


(...) 
 Y cómo me hubiera gustado que tú fueras mi destino...Y pienso en lo mal que nos hubiera ido todo si no hubiera decidido hacer un avión de papel con la servilleta del bar donde hoy te escribo y hace tres  meses te escribí por primera vez, o si no lo hubiera hecho volar hasta tus rizos. Si no lo hubiera hecho, no me habrías dedicado esa mirada de reojo, esa mirada de 'si estoy sola es porque esperaba que aparecieras para ser conmigo'.
 Y aquí estoy, esperándote.
Porque sé que volverás. Porque necesito cada uno de tus rizos. Porque mis pies ya no saben bailar si no es al compás de tus caderas, y mis manos no saben ser sin tus mejillas. Y porque mi espalda necesita tus manos, y tus piernas, mis escaleras. 
Porque sólo si me busco en ti me encuentro. Porque eres la única que inspira estos versos, y porque eres la única capaz de devolverme los tornillos y las luces que perdí cuando te fuiste.

viernes, 20 de septiembre de 2013

*

(...)
Y justo entonces me di cuenta de lo triste y bonito que se veía todo en blanco y negro, y es que a pesar de todo, éso del verano nunca me ha parecido un buen negocio, no sé, para mi piel blanca y mi helado corazón sigue siendo invierno...

domingo, 15 de septiembre de 2013

tic-tac

tic-tac, tic-tac.
7:25 p.m.

Justo ahora tenía que decidirme a mirar el reloj...Maldito masoquismo el mío. Para una decisión que tomo, tenía que ser ésta. Mierda. Si hubiera mirado el reloj unos minutos más tarde, ahora no estaría aquí, lamentándome con la cabeza de nuevo bajo las sábanas, sin intención ni ganas de salir a respirar.
Y recuerdo, recuerdo la última vez que quedamos a las 7:25 porque decías que a las 7:30 ya estaba demasiado visto. Siempre tan tú; nunca te gustaron las horas en punto, ni los semáforos, ni los relojes, ni la lentitud, ni esperar(me), ni el tiempo. Siempre odiaste el tiempo, y el tener que poner hora a nuestro encuentro, cuando de haber sido por ti habríamos quedado sin quedar, a ninguna hora en ningún sitio, y estoy convencida de que aun así nos habríamos encontrado...
Y ahora yo también odio los relojes, y las 7:25, porque creo que de no habernos visto siempre a la misma hora en el mismo lugar, no te hubieras dado cuenta de que el tiempo no perdona, y que pasaba ante nuestros ojos sin que pudiéramos hacer nada para detenerlo. Y por primera vez, comprendiste, a la fuerza del reloj, que eso de no prever las cosas y sentir sin argumentos, sentir sólo en un momento porque te apetece, o te apetezco, o qué sé yo, era imposible; no se puede vivir sin medir el tiempo de vez en cuando, aunque sólo sea para tomarnos un café a las 7:25...aunque sólo sea para sentir que el tiempo es nuestro.
Pensabas que vivir sin mirar el reloj, es lo mismo que no temer el paso del tiempo. Y no es así, quien no mira el reloj es porque teme que no le guste la dirección que marcan sus manecillas, porque teme que se le pase la vida entre suspiros y miradas de reojo, en vez de llenarla de acción y reacción. Y ahora es así, tú accionas, yo reacciono, tú miras el reloj, y yo me rompo con cada tic-tac temiendo que en cualquier minuto decidas dejar de perder el tiempo conmigo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Ser

Me despierto a tu lado una vez más, apretando los dientes. Me duele la cabeza, me levanto desganada y me dirijo a la cocina, donde la noche anterior abandoné mis ganas de necesitarte para necesitarte sin ganas... Me preparo un café y me siento sobre la mesa, abrazando mis rodillas con los brazos y sosteniendo el café entre las manos, quemando mis dedos, mientras le doy vueltas con la cucharilla. Y así comienzo a pensar, aunque el dolor de cabeza me lo impide. Dios. Parece que alguien me esté taladrando las sienes, amenazándome con disparar si no salgo corriendo de allí, porque no me produces nada bueno; ansiedad, vértigo. De ahí mi dolor de cabeza, de mi necesidad de apretar los dientes y los párpados, y tu mano entre las mías, para convencerme de que cuando abra los ojos no habremos perdido. Sí, éso. No quiero que amanezca y que el Sol nos pille sintiendo; porque ambos sabemos de tu inestabilidad emocional, o de la nuestra, qué más da, la cuestión es que en cualquier momento decidiremos algo. Y éso es lo que temo. Decidir dejar de ser contigo y darme cuenta de que no soy sin ti. O que tu decisión sea dejar de ser conmigo y que sepas ser sin mí...

viernes, 6 de septiembre de 2013

Hoy es mi cumpleaños. No sé, no pido que te acuerdes, me basta con que me recuerdes...

Puede que más de una noche de estas me haya acordado de ti. Y puede que alguna de ellas te echara de menos.
Mierda. He vuelto a escribirte. ¿Y para qué? Si ya no estás aquí para vencer de una vez al tiempo, y a aquel  maldito reloj de la cocina, que al llegar las doce en punto te obligaba a deshacerte de mí por un rato. Y tampoco para enseñar los dientes y gruñirle a la noche por haber terminado tan pronto y habernos impedido sentir un poco más.
Mierda.  No estás. Y me cuesta entender que las próximas noches las pasaré sola, sin nadie que me clave los dientes en el cuello para tener la boca ocupada y poder contener en la garganta las enormes ganas de decirme que me quieres así. A oscuras, durmiendo, callada, sonriente y con unos cuantos besos, versos y sueños pendientes. Y nada, aquí estoy, escribiéndote como una necia para calmar  cada punzada en el pecho cuando las letras de tu nombre recorren mi cabeza decididas a joderme la noche. Parece que incluso sin estar en la misma cama  te jode que me quede dormida.
Ilusa.
Pensé que algún día nosotros seríamos quienes se rieran del reloj y del tiempo.  Pero no. El tiempo nos ha jodido.
Ha llegado el frío.