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martes, 9 de junio de 2015

Dépendance émotionnelle.

3a.m.
-(il)
Ya se había marchado. Con el olor de su cuerpo todavía allí, abrí la ventana y encendí el flexo. Saqué un cigarrillo del paquete de Marlboro y jugueteé con él entre los dedos sentado en la silla del escritorio. No sabía si seguirla porque no sabía si serviría de algo. Me había dejado como un perro desnutrido en el medio de la carretera más transitada de Madrid en hora punta. Quizá volver a remover la mierda fuese una especie de auto-homicidio y la solución estuviera en salir corriendo, pero en dirección contraria.
Y las ganas no siempre nos dicen qué es lo correcto, solo nos ayudan a hacernos más daño.
Como las canciones que son recuerdos, pero también personas, y las escuchamos cuando menos falta nos hace recordar porque en el fondo nos gusta revolcarnos en nuestro propio dolor y compadecernos como si así fuésemos a sentirnos menos solos. Como creando una especie de bucle de compasión, desgracias y todas las mierdas que nos pasan en forma de recuerdos y alcohol. Qué absurdo. La peor forma de soledad que he conocido hasta el momento es la compasión.
Joder. Ya he vuelto a echarla de menos.


3a.m.
-(elle)
Supongo que si me marché no fue solo por la falta de razones para quedarme; quizá fue solo porque él no pronunció ninguna de ellas en alto. A veces sólo nos hace falta escuchar lo que ya sabemos. Algo como una demostración de que la cordura no siempre es desventaja, porque enloquecer por no saber qué siente, qué piensa o qué quiere, es de todo menos sano.
Jodida dependencia emocional.
No sé si dar media vuelta.
Hace tres semáforos en rojo que decidí marcharme. Hace tres pasos de cebra que me arrepentí de haberlo hecho, pero sigo siendo igual de cobarde que cuando crucé su portal tratando de expulsar de mis pulmones el aire contaminado por el olor de su piel y trato de auto-convencerme de que hice lo correcto:
Quizá ya no me esté esperando. 
O tal vez, un "quizá" envuelto de miedo no debería ser mayor razón que todas las que sé que tenemos, pero no nos decimos.
Pero...