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sábado, 14 de febrero de 2015

Quizá mi femme fatale solo quiere que la quieran...

No sé muy bien cómo empezar pero supongo que lo haré por el epicentro de toda esta historia: sus ojos.
 Las pestañas de un negro azabache que envuelven la mirada felina más hiriente y helada que mis pupilas han tenido la oportunidad de contemplar. Azul, azul pacífico o azul mediterráneo, que a veces es gris y a veces es verde y que me hace sospechar que los colores del cielo no son más que un reflejo de su interior. Cuando llueve, sus ojos son grises y ella está triste, y si está feliz las nubes despliegan sus alas hacia otro hemisferio para que su azul pueda iluminarme. 

Y en su mirada, guarda todo lo bueno que hay en mí. Cuando mira siempre mira directamente a los ojos, clava sus pupilas en las tuyas como si fuese capaz de ver lo que tienes dentro; como si pudiese descifrar entre un parpadeo y el siguiente la mediocridad de tus sentimientos y lo mala persona que eres en el fondo. Porque cuando ella te mira así, sin fingir el más mínimo interés en lo que pueda descubrir en ti, te sientes la persona con menos suerte del mundo, como si todas las desgracias naturales del planeta fuesen culpa del contoneo de sus caderas y aun así, tú, fueses la peor persona del mundo... 
Creedme que cuando la conocí, jamás hubiese imaginado que esas caderas pudieran hacer daño a nadie. Sus piernas largas guiaban mis pasos en todas las direcciones contrarias y decisiones equivocadas que tomaría a lo largo de mi vida. Y así sigue y así seguirá siendo: cada error que cometí fue por culpa de su piel, de sus piernas, de la locura que éstas provocaban en mí y de lo mucho que la quise y perseguí. Pero digamos que si ella fue mi error seguir los trazos que dejaban sus pies cuando bailaba caminando no era la decisión más acertada. Y no lo era sólo porque ella no quería serlo, no quería ser mi error ni el error de nadie, no quería equivocarse.

Creedme, era la mejor peor persona que conoceré nunca. Sabía tocarte el corazón con sólo apartarse el cabello del rostro. Su sonrisa era preciosa, pero no le gustaba abusar de ella. Sólo la lucía cuando quería demostrarte lo feliz que podía llegar a ser. O quizá solo quería demostrárselo a sí misma. 

Era mi femme fatale, escuchaba Oasis mientras fumaba en el balcón y bebía café, frío, porque nunca creyó en las segundas oportunidades. Nunca miraba atrás cuando andaba por la ciudad, aunque no se dirigiese a ningún lugar o aunque algún desconocido gritase fortuitamente las nueve letras de su nombre desde el otro lado de la calle... y aunque sus ojos fuesen tan tristes y tan fríos, sabían ser cálidos cuando era de noche. Como si las farolas de las aceras se apagasen cuando ella pasaba solo para que cualquier transeúnte afortunado, o quizá yo, pudiese fijarme en lo más profundo de sus pupilas y encontrar todo el amor propio que le falta. Todo el amor que nunca le han dado porque se esconde tras esa coraza gris ceniza que disimula con el humo de los cigarrillos que se fuma cuando no quiere recordar algo que le duele.  
A su paso dejaba un rastro de perfume barato como todos los besos que le habían robado, y un montón de colillas manchadas del rojo carmín que siempre adornaba sus labios.
No me hagáis mucho caso, pero yo siempre creí en ella. Con sus ojos pacífico, sus labios rojos, sus piernas largas y sus dudas infinitas. En la niebla tras la que escondía los miles de miedos que llevaba dentro y en las ganas (que no necesidad), que tenía de que yo la salvase.
Dicen que hay soledades que son voluntarias. La suya era el mejor ejemplo, pero sólo porque no sabía lo bien se siente cuando te quieren...

(a veces me gusta salir de mí y contaros, de la forma en que me lo han contado a mí, algunos sentimientos que ni yo misma había visto en mí hasta que alguien me los descubrió, y supongo que, a veces, la mejor manera de auto-definirse es hacerlo tal y como lo hacen los demás, quienes nos ven y nos juzgan, nos conocen y nos dicen que los miedos a veces se van con un poquito de amor propio y compañía...
Y definitivamente, las mejores cosas de uno mismo, nunca pueden estar escritas en primera persona.
Y quizá yo no tenga absolutamente nada que ver con esto. Pero alguien, alguna vez, lo pensó.
Aunque ya no lo recuerde)

5 comentarios:

  1. Si alguien puede describirte de esa manera, es que ha logrado conocerte profundamente. Yo creo que uno nunca se desnuda del todo ante nadie, que siempre se guarda ese algo que no quiere mostrar, lo que también es bueno, sentir que no todo te expone a los ojos del resto.

    Besos dulces y feliz semana para ti.

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  2. Perdona, pero es que esto me ha encantado. No iba a comentar pero todo lo que has escrito en el pie de foto me ha llegado. Palabra por palabra, punto por punto. No sé, que muy genial.

    Un beso! :)

    http://versameentuboca.blogspot.co.uk/
    Por si te apetece

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    1. Muchísimas gracias, me alegro un montón!
      Ahora me paso, un beso:)

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  3. Hola! La verdad es que la entrada ya me había gustado, pero lo último que has puesto me ha encantado. Tienes mucha razón y, sobre todo, la entrada es muy bonita. Un besi, te sigo! :)

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