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domingo, 20 de abril de 2014

Ella llevaba las ganas de explorar colgadas del flequillo. Él sólo era feliz cuando encontraba lo que buscaba sin saberlo. Ella tenía unos ojos que podían confundirse con dos astros entre Júpiter y Venus, siempre con la mirada distante y la sonrisa en el rostro por defecto. Siempre callada, siempre atenta. Soñaba. Buscaba. Él nunca era feliz del todo porque siempre le faltaba algo. Siempre buscaba éso que le daría la felicidad absoluta, entre faldas, en caprichos, en noches de mala Luna, en malos versos de poetas tristes; por eso no lo encontraba, porque a veces es más fácil encontrar cuando no buscas nada...

Se conocieron en Noviembre. Él se escondía detrás de su paraguas, ella miraba las nubes, nostálgica, mientras dejaba que la lluvia empapara su rostro corriéndole el rímel y el pintalabios. Ambos esperaban (sin saber muy bien a qué) en un semáforo. Él, distraído, sólo era capaz de mirarse los zapatos y preguntarse una vez más qué era eso que le hacía sentirse solo. Se puso en verde y no se dio cuenta. Ella andaba perdida preguntándose si en el rato que llevaba mirando hacia arriba habría dejado de mirar unas nubes para mirar otras; el cielo estaba totalmente encapotado y era imposible distinguir unas de otras. Se puso en verde y no se dio cuenta. El resto de la gente avanzó rápidamente para no llegar tarde a cualquiera de los tristes compromisos que tuvieran aquel 24 de Noviembre en sus tristes vidas. Ella perdió el equilibrio en un charco por alguna persona maleducada que tal vez ni se dio cuenta y se mojó las medias. Él se disculpó con una señora de abrigo de piel y moño porque le había dado con el paraguas. Entonces la miró. Por primera vez, se percató de la presencia de aquella chica pecosa, bajita, sonriente y empapada que no dejaba de mirar al cielo. Trató de pensar si ella estaba allí cuando el semáforo se había puesto en rojo hacía unos minutos, pero fue incapaz. Ella salió de su ensimismamiento y lo vio. Le sonrió. Él le tendió un pañuelo y se presentó. ¿Por qué lo hizo? Él era un hombre serio, algo triste e indeciso, pero sabía comportarse y no entendía por qué había sentido el impulso de acercarse a una desconocida en un paso de peatones. Ella le contestó sin que él le hubiera preguntado nada; no hizo falta.

-A mí a veces también me pasa.

-¿Cómo?

-Sí. Te cruzas con alguien por la calle y por alguna razón que desconozco sientes que tienes que decirle algo. Lo que sea. A mí me pasa siempre que me cruzo con alguien interesante. No sé, alguien que tiene pinta de escritor, artista, o camarero, o bibliotecario. No hay ninguna regla y tampoco importa. A veces no digo nada pero no puedo evitar observarlo hasta que saco una conclusión, sin ninguna validez, lógicamente, pero a mí me es suficiente. Y ahora sí, encantada, desconocido que acabo de conocer; yo no tengo nombre, te dejo que me inventes; ¿qué has visto en mí?

8 comentarios:

  1. Simplemente GENIAL.
    Me has dejado sin palabras, cada letra te llevaba un paso más allá.
    Y además has reflejado muy bien muchas tristes realidades.
    Un beso :)

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    1. Muchísimas gracias, de corazón!!! :)

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  2. Es cierto, cuando no buscas nada encuentras todo, incluso a esa persona que siempre esperaste, porque los encuentros son así, imprevistos, he allí la magia.

    Besos siempre dulces y linda semana.

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    1. Así es Dulce, muchas gracias por tu comentario:)
      Un besazo y muuuy feliz semana a ti también.

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  3. Es bonito ir por la calle mirando a desconocidos mientras sonríes con la esperanza de que te devuelvan esa sonrisa.
    un besoo!

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    1. Supongo que la sonrisa de un desconocido puede arreglarnos el día.
      Un besito.

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