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miércoles, 31 de julio de 2013

Cuando me miro al espejo y la imagen que éste me devuelve concuerda perfectamente con mi estado emocional y mis pesados párpados, sé que para mí y mis enormes ojeras ya ha llegado la hora de irse a dormir. Pero después caigo en la cuenta; tú duermes en ellas. Y siempre tuviste el sueño muy ligero, y temo despertarte si cierro los ojos, o con uno de mis parpadeos. También podrías colgarte de mis pestañas y así dormir los dos, como si estuviéramos juntos. Pero por la duda, creo que me espera una larga noche en vela, una más


martes, 16 de julio de 2013

La triste historia de un corazón, un Capitán y una sirena

Contempla detenidamente su reflejo en el espejo mientras cepilla su cabello negro. Sus ojos avellana, entornados en la mirada más perdida que cualquiera que la conozca haya visto jamás, esta mañana brillan más que de costumbre. Como cada día al amanecer, sale para dar un paseo por el puerto. Cuenta todas y cada una de las gaviotas que divisa a lo lejos, en el horizonte, desde que sale de su casa hasta que llega al puerto. Diecisiete. Escucha atentamente cómo las olas rompen en la orilla. A tan solo unos metros de ella,sentado en un banco ve al Capitán Smith, aquel desdichado individuo, triste, fanfarrón, desgraciado, solitario, y una interminable retahíla de adjetivos para alguien huraño, anciano y gruñón, al que su madre le había ordenado repetidas veces, casi suplicando, que no se acercara. No es que la madre de la pequeña Amelie pensara que corría peligro de haberse dado tal caso, simplemente no pensaba que alguien tan triste fuera una compañía apropiada para su hija, que desde que, dos años atrás, con 10 años, perdió a su padre, no había vuelto a ser la misma, nunca volvió a ser esa pequeña alegre, cariñosa y dulce a la que todo el pueblo adoraba, se había convertido en una niña observadora, solitaria, motivo de los comentarios de la mitad del pueblo, y de la lástima y compasión de la otra mitad. Al igual que el Capitán. Quizá por eso su madre tiene tanto miedo de que se acerque a él.

Desoyendo las advertencias de su madre, esta vez Amelie no puede resistir sus ganas de acercarse un poco a él, para verlo más de cerca. Entonces se da cuenta de que tiene los ojos de un azul celeste precioso, los más brillantes que ha visto, inundados en lágrimas. Él trata de contenerlas, es demasiado orgulloso para mostrar al mundo que también siente; mucho tiempo atrás, para no dar lástima se había protegido por un caparazón,escondiendo bajo él sentimientos y recuerdos, y se había convertido en alguien déspota, huraño, melancólico y nostálgico. Por ella. Pero eso pasó hace ya mucho tiempo...pocas personas en el pueblo lo saben, y ya nadie habla de ello. Nadie quiere tener nada que ver con el Capitán Smith. Nadie, excepto Amelie; ella, compadeciéndose de él sin saber muy bien por qué, recorre los pocos metros que la separan de él, y estando frente a frente, captando su atención, mirándolo o a los ojos, le dice:

— Soy Amelie. Usted es el Capitán Smith,¿verdad?
Él, sorprendido de que una niña conozca su identidad, realiza un gesto con la boca, a modo de pregunta.
— Mi madre me ha hablado de usted, cuando era joven. Mi abuela le contó que tenía un barco y que todos los días al amanecer salía a navegar. Lo raro es que siempre navegaba acompañado de una mujer muy hermosa. Hasta un día, que volvió solo, lleno de rabia y tristeza, y no volvió a navegar. Pero me ha dicho que esto pasó hace muchos años. ¿Ha vuelto usted a navegar alguna vez?
El Capitán, que no había podido contener las lágrimas mientras la niña relataba su historia, o al menos parte de ella, negó con la cabeza, y en un tono casi inaudible, susurró un "No" que de no haber estado acompañado del gesto negativo, hubiera sido ininteligible.
— ¿Por qué? A mí me encantaba navegar cuando era pequeña. Mi padre tenía una pequeña barca,está encallada allí_dijo, señalando aquella vieja embarcación, anclada a unos cuantos metros de ellos_.
El Capitán, para su sorpresa, comienza a sentir cierta simpatía hacia la pequeña, y decide entablar una conversación con ella,aunque ignorando su pregunta
— Tu padre falleció, ¿verdad?
— Si. 
— Oí algo sobre ello. Lo siento, debías de quererlo mucho.
— Sí.
Silencio. La pequeña no se siente incómoda hablando de su padre, aunque al Capitán se lo parece porque al responder ese "Sí", agacha la cabeza y permanece callada unos instantes, para el Capitán infinitos por la culpabilidad que le daba creerse el causante de la momentánea "tristeza" de la pequeña. Al final, es ella quien retoma la palabra.
— Oiga, Capitán Smith...
— ¿Sí?
— Estaba pensando...si usted navegaba,y bueno, es Capitán...¿por qué no me acompaña a dar un paseo por el mar? En la barca de mi padre, digo; tengo entendido que usted vendió su barco hace unos años.
— Demasiados recuerdos en él...Está bien, vamos.
— Tendrá que dirigirla usted,yo no sé, mi padre iba a enseñarme este verano.
— De acuerdo.
Caminan hasta la barca, toman asiento y el Capitán pone rumbo al norte. Al rato se detiene y Amelie, que en realidad sí se había dado cuenta de que el Capitán había cambiado de tema para no explicarle por qué dejó de navegar, decide volver a sacar el tema.
— Capitán, ¿por qué dejó de navegar?
— Digamos que tuve una mala experiencia en alta mar.
No contenta con la respuesta, Amelie quiere saber más, así que insiste
— ¿Fue por aquella mujer? ¿Era su esposa? ¿Acaso se murió?
— Podría decirse que yo jamás había creído en las sirenas, hasta que la conocí.
Amelie no entiende nada, así que pregunta
— ¿Qué quiere decir?
— ¿No conoces ninguna historia acerca de una sirena? Veamos, se dice que las sirenas son mujeres de una belleza increíble, seductoras, y despiadadas. Se dice que hacen perder la cabeza a cualquier hombre que se cruce con alguna de ellas, hasta quedar perdida y absolutamente enamorado.
— ¿Era ella una de esas sirenas?
— Algo así.
El Capitán Smith, de repente dejó de hablar, como pensando en si debía proseguir o no con la  historia, puede que no le viniera mal desahogarse, pero Amelie es una niña, especial, pero una niña.
— Capitán, continúe por favor.
Al final retoma la palabra.
— Yo era muy joven. Era un chico con ganas de explorar, de conocer mundo, de viajar...y de enamorarme. Era un chico muy soñador, y siempre quise enamorarme en alguno de mis viajes en El Victoria.
— ¿El Victoria era su barco, no?
— Sí, era de mi abuelo. Victoria se llamaba mi abuela. Al morir mi padre, teniendo yo 17 años, comenzaron mis aventuras por el mar. Viajaba con otros dos amigos, Sam y Peter. Bueno, la cuestión es que, en uno de mis viajes, en Octubre de 1962,rumbo a Francia, tuvimos un pequeño problema y hubimos de desembarcar en otra ciudad,a casi dos días de distancia de Bordeaux,nuestro destino. Y qué maldito el destino...allí fue donde, de casualidad, la conocí. Mis colegas se fueron a buscar un teléfono para avisar a unos amigos que nos esperaban de que llegaríamos con un par de días de retraso, y mientras yo me quedé esperándolos en el puerto. Entonces fue cuando la vi por primera vez. Llevaba un vestido rojo, muy ajustado, y de pronunciado escote. También llevaba una pamela negra,a juego con su pelo y sus inmensas pestañas, y en contraste con sus ojos verdes. Y unos tacones de aguja...yo no sé cómo era capaz de mantener sus increíbles andares por las calles de aquella ciudad desangelada, donde el suelo estaba lleno de piedras que a cualquier otra mujer hubieran obligado a descalzarse para poder caminar. Llevaba consigo una pequeña maleta,así que supuse que estaría de paso; no tenía pinta de ser de allí. Para mi sorpresa, se acercó a mí con una sonrisa despampanante y me dijo:

"— Hola. Elisabeth Jones, encantada.
— El placer es mío, Señorita Jones. Yo soy Alfred Smith, para servirle.

— Disculpe, pero me preguntaba si podría hacerme un favor.

— ¿Cuál sería ese favor?

— Verá, yo vivo en Toulouse, he venido aquí para reunirme con un viejo y estúpido amigo, pero me ha dado plantón. Vengo de la estación, y resulta que ya no hay más trenes hasta pasado mañana, por la huelga, ya sabe. Y... me preguntaba si podría llevarme hasta algún sitio donde yo pudiera coger un tren.

— Mire, mis colegas y yo somos irlandeses, venimos desde Dublín, y vamos a ver a unos amigos a Bordeaux, si a usted le viene bien...ya vamos con retraso, no podremos parar en otro sitio.

— Oh, Bordeaux, ¡qué bella ciudad! Se lo agradezco enormemente. "

— Así fue como la conocí, y como dejé que subiera en El Victoria por primera vez. Ya era tarde cuando quisimos retomar el viaje, ya había anochecido, así que decidimos hospedarnos esa noche en una pequeña posada cerca del puerto. Alquilamos tres habitaciones, una para Sam y Peter, otra para mí, y otra para la Señorita Jones. Yo estaba agotado, así que tras cenar me fui a mi habitación. Ya estaba en la cama cuando alguien comenzó a llamar a la puerta insistentemente. Me levanté con desgana,y abrí lo justo para poder ver por una rendija. Era Elisabeth,que permanecía nerviosa ante la puerta, mirando hacia los lados. Me temí que hubiera pasado algo,así que abrí. Ella entró corriendo, parecía muy asustada, y yo le pregunté el porqué.
"— Oh, Alfred, menos mal que ha abierto. ¡He pasado mucho miedo!
— ¿Quiere decirme de una vez que diablos ha pasado? ¡Me está poniendo de los nervios!
— Iba yo de camino a mi cuarto cuando un hombre me ha agarrado por detrás y ha empezado a decirme guarradas al oído, sujetándome. En cuanto pude liberarme de él corrí hasta aquí."

— Justo después de decirme eso se metió en mi cama y me preguntó dándole igual cuál fuera mi respuesta si podría quedarse a dormir conmigo. Yo desde luego no me hubiera negado, ella era la mujer más bella que había visto en mi vida, tenía 19 años y yo tenía 17, así que me metí en la cama, me abrazó, comenzó a besarme y,bueno...
— ¿Hicieron el amor?
El Capitán resopla; no es agradable para él dar esos detalles a una niña de doce años.
— Sí. Recuerdo cada detalle de aquella noche. A la mañana siguiente temí estar enamorándome, porque ya la eché de menos cuando entró al baño para ducharse y no me dijo que la acompañara. Y desde entonces la eché de menos en cada uno de los momentos en los que desapareció de mi vista, aunque no se hubiera ido...No puedes imaginarte el miedo que me daba el momento en el que llegáramos a Bordeaux, y ella desapareciera para siempre de mi vida. A la noche siguiente volvió a dormir conmigo, y nos dijimos lo mucho que íbamos a echarnos de menos. Pero ninguno se atrevió a decir que no tenía por qué haber una despedida. Hasta que llegó el momento, llegamos a Bordeaux y ella tenía que irse. La acompañé a la estación, y tras comprar el billete, se lo quité de las manos y lo rompí.

"— No te vayas. Ven conmigo, Elisabeth, por favor. Ven conmigo a Dublín."

— Ella comenzó a reír, se abalanzó sobre mí y me besó. Así que embarcamos de nuevo, rumbo a Dublín, con nuestros amigos de Bordeaux, Rose y Charlie, que habían pasado allí una temporada por asuntos de trabajo y ahora volvían a su ciudad natal. Y claro,también Sam, Peter y yo. Y la más importante, Elisabeth. Yo vivía con mi tío desde la muerte de mis padres, pero al volver con Elisabeth empecé a trabajar y nos fuimos a vivir juntos. Desde entonces me acompañó en todos y cada uno de mis viajes, durante dos años. Tras cumplir yo los diecinueve, me dijo que le gustaría hacer algo distinto, un viaje a algún lugar diferente, sin darme motivo alguno. Pasada una semana de mi cumpleaños, el 17 de Abril de 1964, emprendimos un viaje del que ella elegiría el destino. Nunca me gustó el mes de Abril; mi padre murió a principios de Abril de 1961 porque fumaba como un carretero, y mi madre, de pena,por no saber vivir sin él, a finales. Pero ese viaje hizo que para mí todos los Abriles fueran, y sean más tristes y lluviosos que de costumbre. Al tercer día de viaje, le pregunté cuál era nuestro destino, pero no quiso contestarme, así que le pregunté cuál era la razón por la que había decidido elegir ella cuál sería el lugar al que viajaríamos esta vez. 

"— Me siento atada. Atada a ti, a tus miedos, a tus latidos. Yo nunca he sido así. Yo nunca había sentido amor por nadie. Y si temía empezar a sentirlo, vomitaba las mariposas de mi estómago con más asco que miedo. Asco al amor, digo._da una calada a su cigarro y continúa_ ¿Recuerdas hace unas semanas, que me dijiste que estabas enamorado de mí?"
— Asentí con la cabeza, atento a su explicación, pero totalmente confuso, y ella prosiguió:


"— Bien. Ahí me dí cuenta de que todo había cambiado. Digamos que podía soportar estar enamorada de ti, y digamos que sospechaba que tú lo estuvieras, pero...¿decirlo? No sé, desde pequeña he pensado que si dices algo en alto, no se cumple; como los deseos en los cumpleaños. En este caso,no quería que eso se cumpliera,pero me alegré al oírte decir que me querías. No me entendí. Y me asusté. Sé que el amor duele, y no quiero que duelas. Ay, si no hubieras dicho nada...Oh, cariño, con esto no quiero decir que tú seas el culpable, o bueno, quizás sí, no sé, la cuestión es que hubiéramos estado genial echando unos cuantos polvos, y queriéndonos sin decirlo. No espero que lo entiendas...tampoco yo lo entiendo bien._otra calada_ En fin,a lo que quiero llegar con todo esto es que la razón por la que quise elegir nuestro destino fue que el día de tu cumpleaños, al pedir tus tres deseos, temí que una declaración de amor por mi parte fuera uno de ellos;así seguro que no habría remedio, estaríamos acabados. Y más por prevenir que por curar, decidí marcharme. De verdad que lo siento, pero más siento sentirme en la obligación de decirte que te echaré de menos, cuando siempre he sido más de echar a patadas. A los hombres, quiero decir. En fin. Dejémoslo en que fue bonito mientras duró, que sí, que te quise, pero no quiero querer(te). Vamos rumbo a Bordeaux, donde yo debí coger un tren hace dos años. Y a falta de confesiones, te diré también que aquella noche en el hotel, mi única intención era acostarme contigo, y tampoco me entendí entonces, cuando no pude negarme a tu petición de quedarme junto a ti. Lo siento, de verdad que lo siento, pero no me gusta el amor. Y mucho menos me gusta amarte."
 — Tras su explicación; tras el final del chico que había sido hasta entonces, no pude decir ni una sola palabra, me sentí estúpido por perderla por haberle dicho que la quería...¡quién me mandaría a mí abrir la boca! ¿Sabes, Amelie? Aún me arrepiento, aún me acuerdo de ella. Y hoy, que he resucitado, creo sentir que sigo amándola. 

Después de tantos años de caparazón, negación y alcohol, el Capitán, por fin, gracias a la ternura de una niña de doce años, es capaz de despertar. Despertar de una pesadilla causada por una mujer que le hizo perder cabeza, razón y corazón. Y es capaz de sentir. Sentir que en el más sucio rincón de su negro corazón, aún hay amor hacia aquella despiadada sirena que ahogó su alma en el mar Atlántico.