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jueves, 26 de diciembre de 2013

Como 
cuando amaneces 
y le haces competencia al Sol desde el balcón,

que ya sabes cuánto brillas cuando eres real...

Supongo, y sólo supongo, que presentarme delante de tu puerta un amanecer como si fuera a atreverme a tocar el timbre o como si a ti fuera a gustarte mi visita, no era la solución a mi tristeza.

Supongo también que las manecillas de mi reloj no apuntaban en dirección a tu portal, simplemente se quedó sin pilas y yo, empapada, sola, en una de las tres mil dos calles que pisé por equivocación, llegué a la conclusión de que si te echaba de menos lo mejor que podía hacer era plantarme bajo tu ventana esperando que corrieras las cortinas y así yo volviera a ser el Sol que entrara por ellas, brillara y te hiciera brillar... 

Pero no.
Otra vez.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Arte y Revolución

Revolución es mi palabra favorita. Y no sólo por su significado, sino por su connotación;

Eres Arte, Revolución, Poesía y Poema, Huracán, Vida, Marte, Mercurio, y todos los planetas y constelaciones de mis noches tristes. Eres ojos tristes, Madrid, las siete vidas de un gato negro, eres Primavera, Verano, Otoño e Invierno. Eres las cuatro estaciones, eres Sur, Este, Norte, Oeste. Eres luz, brújula, bostezo, suspiro, sonrisa, mejillas sonrosadas. Eres Suerte, Dolor, y a veces Amor.  Eres Ganas, y eres el Tiempo que quise y quiero pasar contigo.

Y así ando; retratándote, escribiéndote. Con un dolor ahogado y unas ganas muertas de seguir fingiendo, de poner sonrisas en el lugar de las lágrimas y los gritos. Harta de no poder culparte, o culparme. Harta de que  ni la Luna esta vez me sirva de consuelo, que ya no me acaricia cuando me voy a dormir, por eso de las nubes. Harta de buscar la felicidad en cada esquina, y que hasta las putas la conozcan mejor que yo. Harta de las calles sin tus pasos, de los lunes sin tus caras largas y de los domingos en los que cualquier cosa me da vértigo y todo quema.

Harta de ti, de mí sin ti.  




jueves, 28 de noviembre de 2013

Recitarte cada tarde a las 7:25

Me jode porque creía que la poesía era la única incapaz de traicionarme; Porque pensé que las letras y yo siempre nos llevaríamos bien, y que las palabras jamás tratarían de entenderme, pero que no por eso me dejarían...

Parece que hay veces que incluso sin hacer nada nos estamos equivocando, quizá incluso puede que ése sea el problema. Puede ser también que ande falta de inspiración, o respiración, no sé, sólo sé lo mucho que duele cada vez que sonríes hacia otra dirección...siempre sonreíste para ti, y ¿ahora qué? regalas las sonrisas como si no te hicieran falta, y créeme, que yo que te he visto ser cuando te creías una mierda, cuando dejabas de ser, cuando no eras quien querías, cuando sólo eras conmigo y cuando eres sin mí, puedo jurar que es lo que mejor te queda... 
Quizá el problema es que no somos los de antes. Ya no te importan las palabras; no crees en la poesía, ni en las letras, ni en la vida. Quizá éste sí sea el problema; ¿qué veo, qué busco en ti? Alguien que desde que ya no es conmigo se ha olvidado de los versos, de Bécquer, de Cortázar, y de ser sin racionalizar, relativizar, y toda esa mierda...

Joder, ya no me aguanto. Necesito que vengas, que me veas, que me sientas y me digas una vez más que echas de menos los versos, que sin ellos ya no eres y que me necesitas para aprender a recitarte.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Él café

A ti, café, porque está lloviendo, está oscuro y yo estoy sola, fría y engañándome a mí misma como cada noche;
esta vez no me escribo, te escribo.

Todavía pienso de vez en cuando en las comillas que se forman a cada lado de tu boca cuando te sonríes. Sí, te sonríes; no sonríes para nadie, sólo sonríes, porque quieres. Y créeme, si yo fuera tú también me sonreiría...

Y de vez en cuando caigo en la cuenta de que la lluvia viene y va con la misma volatilidad que cualquiera que quiere huir pero no sabe cómo.

Todavía tengo insomnio, no sé, puede que sea el café, o puede que seas tú, o puede que sea lo mismo...
Quizá es el café de tus ojos el que no me deja conciliar el sueño, atrayendo a mi cabeza y corazón todos aquellos efímeros instantes en los que lo único que nos importaba era no mojarnos mucho de camino a casa; y míranos, al final acabábamos siempre calados hasta los huesos por un agua de lluvia emocional que nos limpiaba con cada gota un trocito del alma, curando, anestesiando.

¿Y sabes de qué me sirve echarte de menos? Para pensar; o para autodestruirme; es igual. La cuestión es que hace un par de horas que me desperté, serían aproximadamente las 3a.m y ahora, una vez de todas las que te he pensado desde que entendí que el vacío que sentía era tu ausencia y el echarte de menos de ésa forma,  he entendido que las palabras ni valen ni dicen una mierda; y te lo digo yo, que vivo por y para ellas.

Quiero decir que yo sólo de pena te escribo, y hablando claro y en general, te cuento que cuando te buscas en alguien no lo haces con palabras, sino con miradas, gestos, sonrisas; y no siempre te encuentras. Y a veces llega un momento en que cuando estás perdido, decides intentar escribirte a ti mismo para entenderte, como si fuera para ordenar tus ideas o para evitar morirte de pena sólo por pensar en que en vez de invertir tu tiempo en tazas de café con él y la cafeína de sus ojos, lo malgastas en tazas de descafeinado de sobre con azúcar por su insomnio, escribiéndole para amortiguar el dolor, sin entender que no por hacerlo vas a no-sentir nada, y mucho menos a cambiar las cosas; sólo sirve para conocerte mejor, o para autoengañarte, qué sé yo, en el fondo creo que todos vivimos de mentiras, y que las palabras son las únicas culpables;

a mí tus ojos nunca me engañaron...


domingo, 3 de noviembre de 2013

En mis dedos se concentran todas las ganas del mundo de escribirte en forma de electricidad, por eso ardo si me tocan...

No sé si mis ganas de escribirte permanecen en mis manos 25h al día sólo para que tu recuerdo no duela tanto; también puede ser que mi subconsciente ande pegando patadas al riñón y los pulmones por el remordimiento que me produce el no poder ni tan siquiera mirarte a los ojos...y vete tú a saber si el corazón se acuerda de ti más de la cuenta y eso de la ciudad del amor, si allí sólo estás tú con nosotros no funciona...

Creo que tengo ganas de vomitar. Puede que sea por eso de las mariposas, o puede que sólo sea por el asco que me da todo lo que no seas tú.

Puede ser que necesite que las cosas por una vez sean fáciles. O quizá  me valga con olvidar por completo el significado de esa palabra que tanto asco me produce pronunciar, y más si seguidamente las letras de tu nombre se abalanzan en fila india sobre mi cabeza...Y me turbo, y sueño, y pienso, y temo. Y odio. Y de nuevo esas horribles ganas de vomitar.

 Tengo el corazón exhausto de tanto sentir, y algo dentro de mí que me impide dar un paso en tu dirección sin sentirme gilipollas, y no sé, a lo mejor es por algo; a lo mejor no debería sentir, ni acercarme, o a lo mejor sólo estoy esperando a que lo hagas tú...

sábado, 26 de octubre de 2013

Pupilas tatuadas, corazones deshabitados, pulmones descosidos

Antes solía verte.
Y verme en tus pupilas.
Mirarte a los ojos. Y joder, cómo dolían los cabrones...
Vuelve. Ven. Ven a verme. Ven a beberme, como si yo fuera suficiente para saciar tu sed. Ven. Ven para arrancarte de entre mis costillas de un tirón, arráncame el miedo, tu voz, el dolor, el ardor, y devuelve el color a mis días y el aire a mis pulmones descosidos. Y entonces, sólo entonces, vuelve para quedarte. (joder, sólo tú eres capaz de entenderme cuando te escribo...)
Instálate, de nuevo,por ti, por mí, por nuestras ganas, porque no duela, al compás de mis latidos, en un corazón deshabilitado y habitado por tu dolor... quiero que lo eches a patadas y que tú ocupes su sucio lugar. Hazte un hueco en mí, y hazme hueco en ti. Porque quiero que tu humo colapse mis bronquios, y que tus malos humos amarguen mis mañanas, pero qué importa, somos dos seres nocturnos; conscientes, constantes, sólo si la Luna nos guía. Y si no, mala suerte, mañana por la noche probaremos de nuevo...
Inconscientes, ilusos. Como siempre.

Cúrame, sáname de ti, contigo. Con nuestras ganas. Con nuestros dedos. Con unas manos que se dediquen de nuevo a tejer aquellas alas que enterré con tu partida.

Vuelve. Vuelve para mí, para volar conmigo.
Entra por la aorta en mi corazón como si nunca te hubieras marchado, y echa al dolor que dejaste en tu lugar por la vena cava. Yo me encargaré de bombearte con mi sangre, hasta mis venas, hasta que no puedas, ni quieras volver a dejarme ir de tu corazón.




domingo, 20 de octubre de 2013

Esta es una de esas veces en las que, por no poder más, he decidido salir a la calle a buscar algo que ni siquiera yo sé. Entonces me encuentro con gente, y elucubro a cerca de sus vidas, de sus sueños, de sus aspiraciones...asco. Me doy asco. Salgo en busca de algo que me saque de esta mierda, quizá alguien, y lo que hago es hundirme yo sola todavía más. Y al final, acabo como siempre, asqueada del mundo, rabiosa, y sola. No se cómo lo hago pero incluso la gente que no conozco me abandona; crueles desconocidos, sin nombre, sin cara, que se detienen a mirarme por mera curiosidad, y que al darse cuenta de que la mirada que les devuelvo inspira de todo menos amabilidad, apartan las suyas y cambian de dirección...joder, cómo quieren que los mire, si yo sé que son la misma mierda que yo, que cualquiera, creyéndose diferente... Si hasta las viejas se vuelven curiosas al verme pasar quién sabe porqué. Cuando me alejo lo suficiente y tengo vía libre para poder escribir mientras me ciegan los últimos rayos de sol del día, me doy cuenta de que estoy como siempre pensé que acabaría; con Extremo y el anochecer de fondo, escribiendo a nadie, por nada, para nada, y harta de estar rodeada de gente y sola. Sola como nunca, tan sola como siempre...y asqueada. Huyendo de las miradas lascivas de los tíos y de los ojos de cualquiera de esas tías subidas sobre 14 centímetros, llenas de maquillaje y vacías por dentro. Así los veo yo, y así me verán ellos... Salgo de casa para buscar algo diferente y siempre vuelvo siendo la misma mierda; alguien que se escribe, que te escribe, como si por ello fueras a volver para volar conmigo, que ambos sabemos que desde las alturas todo es mucho más bonito... Y yo en el fondo sé que soy diferente, pero me jode que todos me traten como si fuera una más de esa bandada de pájaros que vuela en la misma dirección, con un mismo destino pero sin saber por qué va donde va, pero qué más da, si ni siquiera se lo pregunta... Yo soy ese pájaro azul, diferente, que se pierde por el camino, que se cree vivo, libre, y que antes de levantar el vuelo se pregunta hacia dónde quiere volar esta vez, pero se rompe en mil pedazos cuando se da cuenta de que se le han roto las alas y comprende que necesita otro pájaro que lo acompañe y lo guíe; pero no tiene a nadie que pueda curarlo...

Se acabó; ya se ha ido el sol y una vez más me ha pillado la Luna escribiéndome a mí misma para tratar de entenderme, para conocerme y para tratar de hacerme ver que no vas a devolverme mis alas, y menos a volar conmigo...

domingo, 6 de octubre de 2013

Lluvia y ganas de encontrarme en alguien

Miro por la ventana y veo cómo un montón de caras desconocidas corren como si las gotas que caen sobre ellos les abrasaran. Ilusos...si supieran que lo único que sana, que cura, es esa lluvia que viene de repente sin ser llamada; en el fondo, aunque intermitente, es la única que siempre está. Qué queréis que os diga, es la única de la que tengo total y absoluta certeza de que volverá,aunque no sea para quedarse... Y éso es lo que necesito, y creo que por eso la lluvia me vuelve más nostálgica que de costumbre, me hace preguntarme si habrá alguien que como yo en los días grises sienta ganas de salir a respirar, a gritar que quiero alguien que haga de lluvia para mí...

Cesó la lluvia. Cesaron mis ganas, mis expectativas y cesó el olor a mojado que tanto me gusta y logra calmarme. Supongo que el día lluvioso que decida salir a comprobar si el aire es más puro fuera que dentro de mí, será el día en que quizá encuentre un alma semejante que entienda la vida o lo que sea ésto como lo hago yo. Alguien  sin paraguas, sin miedo, con ganas, y con unas inmensas expectativas que no estén infravaloradas por sí mismo...
Llueva o no llueva.

martes, 1 de octubre de 2013

-Creo que necesitas un psicólogo, Marie.
-No. No lo necesito.
-Vamos, piénsalo. Quizá el sí sepa entenderte.
-Te he dicho que no. Quien necesita un psicólogo no es consciente de que lo necesita. Y yo sí soy consciente, así que no lo necesito.
-¡Estás completamente loca!
-Puede ser. Pero no lo suficiente como para necesitar un psicólogo.
-Estás completamente loca, Marie. ¡Y vas a volverme loco a mí!
-Ya estás loco.
-¿Por ti?
-¡No seas tonto! Sabes que no soy de ésas...Estás loco porque necesitas un psicólogo y no eres consciente de ello. Lo necesitas para entenderme. -Hace una pausa, se prende un cigarro y tras un par de caladas,mientras pide la cuenta al camarero mediante un gesto con la mano, continúa- Y lo peor es que te piensas que soy yo quien lo necesita cuando yo me conozco perfectamente, y sé y admito que estoy loca. Por éso eres tú quien lo necesita; para conocerte como te conozco yo. O quizá sólo te haga falta volverte más loco aún...

domingo, 29 de septiembre de 2013

A ras de cielo

-¡Eres insaciable! Si yo fuera tú hace tiempo que me habría dado por vencida.

-Ése ha sido siempre tu problema.

- Puede ser. Pero, ¿sabes cuál es el tuyo? insistir; Insistir en buscar un alma como la tuya, que te entienda y que sea capaz de saciarte.

-También puede ser. Qué más da, quizá la encuentre. O puede que no. Mientras tanto sólo quiero sentir. Quiero emociones, sensaciones, sueños, vida. Estoy cansada de querer volar y sentir que mis pies están anclados al suelo. Dime, ¿de qué sirve todo esto? ¿de qué coño sirve vivir a ras de suelo? Yo quiero cielo. Quiero cielo, porque sea cual sea mi lugar, siempre estaré mirando el mismo cielo que ese alma rota de la que antes me hablabas...quiero cielo porque no me ha servido de nada vivir así; sin sentir, sin vivir... sin corazón, sin mí. Puede que sea un sinsentido, pero también una vía de escape de este lugar lleno de muertos vivientes, que hablan de sentir, sin sentir; que dicen vivir, sin vivir; quiero estar a ras de cielo para sentir que puedo, para dar la vuelta al mundo en lo que dura un suspiro, para olvidarme del reloj, del tiempo, y de la no-vida que no-vivo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Ando buscando entre tus recovecos los tornillos y las luces que me faltan

Decidido a no sentir más de la cuenta, entra en el local de paredes amarillentas, mesas sucias y camarera sonriente. Está bastante lleno. Se sienta en la barra y pide un Jack Daniels. Coge una de las servilletas de papel y pide un bolígrafo a la camarera. Entonces comienza.

Quise hacer poesía pensando en otra cosa que no fueras tú, pero no me sale. Se me viene a la cabeza cada uno de tus rizos, y entonces, sólo entonces, puedo decir que soy poeta. Y pienso en la inercia, y en todo lo que tuvo que pasar para que aquella primera vez pudiera verte de lejos, y tiemblo. Tiemblo de frío y tiemblo de miedo porque todo eso no vuelva a pasar. Y pienso en aquel invierno en que te conocí, y en cada suspiro que di con cada uno de tus pasos en dirección contraria a mi destino. Y cómo me hubiera gustado que tú fueras mi destino...

-Perdona, pero vamos a cerrar en diez minutos.
-Como siempre el tiempo jodiéndome la vida... ¿cuánto te debo?
Tras darle la cuenta, la joven camarera termina de recoger y se acerca a la puerta del bar, esperando a que el último cliente  decida marcharse y la deje volver a casa.

-Tengo que irme.
-¿Tú también?
-Mira, yo siento mucho lo que sea que te haya pasado, pero no estoy ahora como para aguantar borrachos, quiero irme a mi casa. Ya he aguantado suficientes por hoy.
-No estoy borracho. No me has dejado. ¿Sabes? Si me hubieras dejado emborracharme quizás hubiera escrito los versos que la hubieran hecho volver. Me has jodido la vida. 
-Dudo mucho que si tienes que emborracharte para escribir, puedas escribir algo que tenga sentido.
-Tú la entiendes, ¿verdad?
-
¿Qué?
-Seguro que tú entiendes que se haya ido. Quién diablos querría estar con un borracho que sólo sabe ser poeta si tiene a sus dos rubias favoritas, o un poeta que sólo es si está borracho, o si está con ella.
-Si digo que sí, ¿me dejarás irme?
-Sólo quiero que me ayudes a entenderla. A entenderos.
-Mira, yo no la conozco, pero supongo que algo podré hacer. A ver, dime, ¿qué quieres saber?
-¿Qué buscáis? ¿Qué buscaba ella?
-Podría decirte lo que yo busco, pero no nos conocemos suficiente, y dudo mucho que te sirviera de algo. Dime, ¿cómo es? Quizás si me hablas de ella, pueda ayudarte a entenderla un poco más.
-Es como la cerveza.
-¿Como la cerveza?
-Sí. Y no porque ambas sean rubias. Es como la cerveza; cuantas más veces la pruebo más me gusta. 
-¿Algo más?
-Ella es la única que me hace ser poeta. Decía que le gustaban mis versos. Y mis camisas, le gustaban mis camisas. Y el café. Y tiene un mechón de pelo que le cae sobre el rostro. Me pregunto quién será el afortunado que se lo coloque ahora detrás de la oreja...Digamos que todo en ella es un poema; sus rizos, su mirada, su ombligo, sus caderas, sus piernas, sus andares, sus maneras...Y cada una de estas insignificantes cosas, en ella, deja de serlo. Y es ahí, de ella, de donde nacen mis versos.
-¿Por qué se fue?
-Me dijo que quería que aprendiera a escribir mis propios versos. Quería que aprendiera a ser sin ella. Me dijo que ella nunca había odiado al tiempo, ni tampoco al Sol. Y me dijo que desde que se despertaba con el retumbar de los latidos de mi pecho, todo era más difícil; odiaba al Sol por terminar la noche y tener así que quitarse mi camisa para ir al trabajo. Y me dijo que nunca había necesitado las camisas de nadie, ni los cafés, ni los versos. Y también dijo que conmigo era diferente, que no soportaba necesitarme. Y se marchó. 
-Se marchó queriéndote.
-No sé. Sólo sé que se marchó. Y que a su paso dejó vacío. Vacío en las escaleras, en el armario, en mi colchón, en mí...
-Volverá.
-Ya.
-Créeme, volverá.
-¿Cómo estás tan segura?
-
No todas tenemos la suerte de ser queridas, musas, y felices. Pero ella sí, y por mucho que no quiera necesitarte, lo necesita. Necesita necesitarte y necesita sentirse necesitada. Y por eso se ha ido. Necesítala; escríbele. Escríbele todos los versos que te sean necesarios para que no te escueza su ausencia. Será sólo por un tiempo. El tiempo que tarde ella en darse cuenta de que el miedo a necesitar a alguien, a depender de alguien que en cualquier momento podría fallarle, si es al lado de un poeta como tú, desaparecerá en cuanto te quiera y se deje querer por ti. Así que tranquilo, aguanta. Espérala. Merecerá la pena, porque cuando vuelva, lo hará para quedarse, y ya nada será lo mismo; Tendrás quien te arruine las camisas con manchas de pintalabios, quien se beba tus cafés, quien aporte a tu vida lo que ahora le falta. 
-La espero. Y espero que el tiempo esta vez pase rápido; espero que cuando se sienta sola relea mis versos y me dé las buenas noches suspirando por y para mí. 

Entonces, con la sensación de que respira por primera vez desde que se fue, tacha la última frase de lo que antes había escrito.


(...) 
 Y cómo me hubiera gustado que tú fueras mi destino...Y pienso en lo mal que nos hubiera ido todo si no hubiera decidido hacer un avión de papel con la servilleta del bar donde hoy te escribo y hace tres  meses te escribí por primera vez, o si no lo hubiera hecho volar hasta tus rizos. Si no lo hubiera hecho, no me habrías dedicado esa mirada de reojo, esa mirada de 'si estoy sola es porque esperaba que aparecieras para ser conmigo'.
 Y aquí estoy, esperándote.
Porque sé que volverás. Porque necesito cada uno de tus rizos. Porque mis pies ya no saben bailar si no es al compás de tus caderas, y mis manos no saben ser sin tus mejillas. Y porque mi espalda necesita tus manos, y tus piernas, mis escaleras. 
Porque sólo si me busco en ti me encuentro. Porque eres la única que inspira estos versos, y porque eres la única capaz de devolverme los tornillos y las luces que perdí cuando te fuiste.

viernes, 20 de septiembre de 2013

*

(...)
Y justo entonces me di cuenta de lo triste y bonito que se veía todo en blanco y negro, y es que a pesar de todo, éso del verano nunca me ha parecido un buen negocio, no sé, para mi piel blanca y mi helado corazón sigue siendo invierno...

domingo, 15 de septiembre de 2013

tic-tac

tic-tac, tic-tac.
7:25 p.m.

Justo ahora tenía que decidirme a mirar el reloj...Maldito masoquismo el mío. Para una decisión que tomo, tenía que ser ésta. Mierda. Si hubiera mirado el reloj unos minutos más tarde, ahora no estaría aquí, lamentándome con la cabeza de nuevo bajo las sábanas, sin intención ni ganas de salir a respirar.
Y recuerdo, recuerdo la última vez que quedamos a las 7:25 porque decías que a las 7:30 ya estaba demasiado visto. Siempre tan tú; nunca te gustaron las horas en punto, ni los semáforos, ni los relojes, ni la lentitud, ni esperar(me), ni el tiempo. Siempre odiaste el tiempo, y el tener que poner hora a nuestro encuentro, cuando de haber sido por ti habríamos quedado sin quedar, a ninguna hora en ningún sitio, y estoy convencida de que aun así nos habríamos encontrado...
Y ahora yo también odio los relojes, y las 7:25, porque creo que de no habernos visto siempre a la misma hora en el mismo lugar, no te hubieras dado cuenta de que el tiempo no perdona, y que pasaba ante nuestros ojos sin que pudiéramos hacer nada para detenerlo. Y por primera vez, comprendiste, a la fuerza del reloj, que eso de no prever las cosas y sentir sin argumentos, sentir sólo en un momento porque te apetece, o te apetezco, o qué sé yo, era imposible; no se puede vivir sin medir el tiempo de vez en cuando, aunque sólo sea para tomarnos un café a las 7:25...aunque sólo sea para sentir que el tiempo es nuestro.
Pensabas que vivir sin mirar el reloj, es lo mismo que no temer el paso del tiempo. Y no es así, quien no mira el reloj es porque teme que no le guste la dirección que marcan sus manecillas, porque teme que se le pase la vida entre suspiros y miradas de reojo, en vez de llenarla de acción y reacción. Y ahora es así, tú accionas, yo reacciono, tú miras el reloj, y yo me rompo con cada tic-tac temiendo que en cualquier minuto decidas dejar de perder el tiempo conmigo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Ser

Me despierto a tu lado una vez más, apretando los dientes. Me duele la cabeza, me levanto desganada y me dirijo a la cocina, donde la noche anterior abandoné mis ganas de necesitarte para necesitarte sin ganas... Me preparo un café y me siento sobre la mesa, abrazando mis rodillas con los brazos y sosteniendo el café entre las manos, quemando mis dedos, mientras le doy vueltas con la cucharilla. Y así comienzo a pensar, aunque el dolor de cabeza me lo impide. Dios. Parece que alguien me esté taladrando las sienes, amenazándome con disparar si no salgo corriendo de allí, porque no me produces nada bueno; ansiedad, vértigo. De ahí mi dolor de cabeza, de mi necesidad de apretar los dientes y los párpados, y tu mano entre las mías, para convencerme de que cuando abra los ojos no habremos perdido. Sí, éso. No quiero que amanezca y que el Sol nos pille sintiendo; porque ambos sabemos de tu inestabilidad emocional, o de la nuestra, qué más da, la cuestión es que en cualquier momento decidiremos algo. Y éso es lo que temo. Decidir dejar de ser contigo y darme cuenta de que no soy sin ti. O que tu decisión sea dejar de ser conmigo y que sepas ser sin mí...

viernes, 6 de septiembre de 2013

Hoy es mi cumpleaños. No sé, no pido que te acuerdes, me basta con que me recuerdes...

Puede que más de una noche de estas me haya acordado de ti. Y puede que alguna de ellas te echara de menos.
Mierda. He vuelto a escribirte. ¿Y para qué? Si ya no estás aquí para vencer de una vez al tiempo, y a aquel  maldito reloj de la cocina, que al llegar las doce en punto te obligaba a deshacerte de mí por un rato. Y tampoco para enseñar los dientes y gruñirle a la noche por haber terminado tan pronto y habernos impedido sentir un poco más.
Mierda.  No estás. Y me cuesta entender que las próximas noches las pasaré sola, sin nadie que me clave los dientes en el cuello para tener la boca ocupada y poder contener en la garganta las enormes ganas de decirme que me quieres así. A oscuras, durmiendo, callada, sonriente y con unos cuantos besos, versos y sueños pendientes. Y nada, aquí estoy, escribiéndote como una necia para calmar  cada punzada en el pecho cuando las letras de tu nombre recorren mi cabeza decididas a joderme la noche. Parece que incluso sin estar en la misma cama  te jode que me quede dormida.
Ilusa.
Pensé que algún día nosotros seríamos quienes se rieran del reloj y del tiempo.  Pero no. El tiempo nos ha jodido.
Ha llegado el frío.

viernes, 30 de agosto de 2013

Tu espalda. Y después, vértigo.

3 a.m

Miradas. Saliva. Sudor. Música. Co-razones ardientes. Y luego, tu espalda. Y vértigo. Y ganas, y grados, y gemidos, y gélido tu aliento sobre mi nuca, y grave tu voz desafinando para mí, y grande el desafío de tu boca hacia la mía.  Y ansiedad, insomnio, vértigo cuando desapareces. Y arañazos en mi espalda, marcas de ti y por ti, y de nuevo el aleatorio de canciones tristes que me entienden y hablan de ti. Y de nuevo un reloj impaciente que ha decidido joderme la vida y amargarme el resto de la noche. Un reloj que parece desear más que yo que no amanezca nunca más, o que alguien venga aquí a llamarme gilipollas y recordarme que nadie mejor que yo sabía el vacío que dejarías en mí al irte. Pero, ¿ qué querías que hiciera? Si yo sólo esperaba que tuvieras tantas ganas de dormir conmigo como yo de que te quedaras tranquilamente respirando bajo mi oreja izquierda unos cuantos versos y humo, el humo que anestesia mis sentidos y que hace que me resienta y te reproche sin razón que no me besaras una vez más antes de irte.
Y así, en un paso, paso de estar a ras de cielo a estar a ras de suelo temiendo que me pises.

O que no lo hagas nunca más...

sábado, 17 de agosto de 2013

Temer el tiempo, amar el amor, odiar el odio. Segunda parte.

Somos tan simples...
tememos el tiempo,
amamos el amor,
odiamos el odio.

Hoy voy a hablaros de por qué amo el amor y odio el odio.

-Amar el amor/odiar el odio

Amo el amor por las mismas razones que odio el odio.

¿Cómo no amar el amor, si casi todo lo bonito ha nacido de él? Las  mejores historias, las mejores poesías; los mejores versos los sangra el corazón...
Y ésta, es mi historia de amor-odio:

Canciones de una guitarra desafinada. Tu voz, y aquel gato maullando en el tejado de en frente.

No hay mejor indecisión que ésa; elegir entre amarte besando o amarte mientras cantas. Y cuántas veces la primera, y cuántas la segunda.

Será porque las siete letras de tu nombre suenan mejor cuando soy yo quien las pronuncia. O porque tu espalda ha soportado por mí más de lo que nunca hubiéramos imaginado. Pero qué más da el porqué. Lo que importa es que todo es mejor y más fácil desde que somos.


(...)

Y aquí me ves,jodida. Buscando unos labios que me digan que todo irá bien aunque ya no estés aquí; buscando alguien que me mienta para que pueda sentir sin que me escuezas.

— 

Dicen que las segundas partes no son buenas, pero yo necesito una segunda parte porque la primera no me dejó un buen sabor de boca. Y qué mejor forma de endulzar mi pobre boca que la tuya...




miércoles, 14 de agosto de 2013

Temer el tiempo, amar el amor, odiar el odio. Primera parte.

Somos tan simples...
tememos el tiempo,
amamos el amor,
odiamos el odio.

Tememos el tiempo porque en cualquier momento puede jodernos la vida; como cuando llueve. Sí, como cuando llueve. Voy a contaros una historia, mi historia; voy a contaros por qué temo el tiempo, amo el amor y odio el odio.

-Temer el tiempo

Estaba lloviendo, podía verlo, olerlo, oírlo, sentirlo.
Fuera llovía y dentro de mí, nada. Estaba vacía, deshecha, vulnerable, impotente, sola.
Ella era mi única compañía, la más puta de todas, tan fría, tan jodida...Soledad.
¿Y acaso hay algo peor que la soledad y el tiempo?
¿Acaso hay algo peor que la soledad y el paso del tiempo?; Yo no temo el tiempo. Temo el paso del tiempo y sus cambios; los cambios que vienen -y no vienen- con él.

Estaba ahogándome en mí, así que salí a la lluvia. Y dejé que cada gota que caía sobre mí me inundara, me empapara de su alegría, y de esas nubes grises que me habían hecho despertar,que por primera vez en meses me habían hecho pensar en la luz que las seguiría.
Y me dejé ser.
Y por primera vez, me dejé sentir.
Y sentí. Sentí la lluvia mojando cada uno de mis sentidos, limpiándome. Limpiándome la soledad, el miedo, la memoria; calando mis recuerdos, ahogándolos, haciéndome olvidar.
Y lloví. Lloví como no había llovido nunca;
ahora llovía dentro, y fuera de mí.

Las nubes y yo llorábamos al mismo compás, y aunque parecía que el cielo iba a desplomarse sobre mi cabeza, a pesar de eso y a pesar de todo, yo llovía de alegría; ya sólo podía pensar en la luz que me ayudaría a recomponer cada pedacito de mi ser.

Entonces pasó.
Pasó el tiempo y sus no-cambios.

Vino la noche y seguía lloviendo. Y aunque sabía que en algún momento vendría la luz, me rompí. Me rompí en otros mil pedazos y entendí que somos esclavos del tiempo, que dependemos de él. Que no se debe esperar nada de nadie, ni siquiera del tiempo, que te promete la luz y la calma después de la tormenta y sólo cumple la mitad. Pero tranquilos, escampará. Y llegará la luz, permitiéndonos ver el tiempo y sus putadas para no volver a caer en su juego. Llegará. A su tiempo.
Y amaneció.

Desde entonces temo al tiempo y a sus cambios, pero también sé que cada cambio viene a su tiempo, y aprendí a no vivir esperando, aprendí a vivir viviendo, aunque aún, cuando llueve, temo que no cambie el tiempo y que la luz, esta vez, no llegue a tiempo.





miércoles, 31 de julio de 2013

Cuando me miro al espejo y la imagen que éste me devuelve concuerda perfectamente con mi estado emocional y mis pesados párpados, sé que para mí y mis enormes ojeras ya ha llegado la hora de irse a dormir. Pero después caigo en la cuenta; tú duermes en ellas. Y siempre tuviste el sueño muy ligero, y temo despertarte si cierro los ojos, o con uno de mis parpadeos. También podrías colgarte de mis pestañas y así dormir los dos, como si estuviéramos juntos. Pero por la duda, creo que me espera una larga noche en vela, una más


martes, 16 de julio de 2013

La triste historia de un corazón, un Capitán y una sirena

Contempla detenidamente su reflejo en el espejo mientras cepilla su cabello negro. Sus ojos avellana, entornados en la mirada más perdida que cualquiera que la conozca haya visto jamás, esta mañana brillan más que de costumbre. Como cada día al amanecer, sale para dar un paseo por el puerto. Cuenta todas y cada una de las gaviotas que divisa a lo lejos, en el horizonte, desde que sale de su casa hasta que llega al puerto. Diecisiete. Escucha atentamente cómo las olas rompen en la orilla. A tan solo unos metros de ella,sentado en un banco ve al Capitán Smith, aquel desdichado individuo, triste, fanfarrón, desgraciado, solitario, y una interminable retahíla de adjetivos para alguien huraño, anciano y gruñón, al que su madre le había ordenado repetidas veces, casi suplicando, que no se acercara. No es que la madre de la pequeña Amelie pensara que corría peligro de haberse dado tal caso, simplemente no pensaba que alguien tan triste fuera una compañía apropiada para su hija, que desde que, dos años atrás, con 10 años, perdió a su padre, no había vuelto a ser la misma, nunca volvió a ser esa pequeña alegre, cariñosa y dulce a la que todo el pueblo adoraba, se había convertido en una niña observadora, solitaria, motivo de los comentarios de la mitad del pueblo, y de la lástima y compasión de la otra mitad. Al igual que el Capitán. Quizá por eso su madre tiene tanto miedo de que se acerque a él.

Desoyendo las advertencias de su madre, esta vez Amelie no puede resistir sus ganas de acercarse un poco a él, para verlo más de cerca. Entonces se da cuenta de que tiene los ojos de un azul celeste precioso, los más brillantes que ha visto, inundados en lágrimas. Él trata de contenerlas, es demasiado orgulloso para mostrar al mundo que también siente; mucho tiempo atrás, para no dar lástima se había protegido por un caparazón,escondiendo bajo él sentimientos y recuerdos, y se había convertido en alguien déspota, huraño, melancólico y nostálgico. Por ella. Pero eso pasó hace ya mucho tiempo...pocas personas en el pueblo lo saben, y ya nadie habla de ello. Nadie quiere tener nada que ver con el Capitán Smith. Nadie, excepto Amelie; ella, compadeciéndose de él sin saber muy bien por qué, recorre los pocos metros que la separan de él, y estando frente a frente, captando su atención, mirándolo o a los ojos, le dice:

— Soy Amelie. Usted es el Capitán Smith,¿verdad?
Él, sorprendido de que una niña conozca su identidad, realiza un gesto con la boca, a modo de pregunta.
— Mi madre me ha hablado de usted, cuando era joven. Mi abuela le contó que tenía un barco y que todos los días al amanecer salía a navegar. Lo raro es que siempre navegaba acompañado de una mujer muy hermosa. Hasta un día, que volvió solo, lleno de rabia y tristeza, y no volvió a navegar. Pero me ha dicho que esto pasó hace muchos años. ¿Ha vuelto usted a navegar alguna vez?
El Capitán, que no había podido contener las lágrimas mientras la niña relataba su historia, o al menos parte de ella, negó con la cabeza, y en un tono casi inaudible, susurró un "No" que de no haber estado acompañado del gesto negativo, hubiera sido ininteligible.
— ¿Por qué? A mí me encantaba navegar cuando era pequeña. Mi padre tenía una pequeña barca,está encallada allí_dijo, señalando aquella vieja embarcación, anclada a unos cuantos metros de ellos_.
El Capitán, para su sorpresa, comienza a sentir cierta simpatía hacia la pequeña, y decide entablar una conversación con ella,aunque ignorando su pregunta
— Tu padre falleció, ¿verdad?
— Si. 
— Oí algo sobre ello. Lo siento, debías de quererlo mucho.
— Sí.
Silencio. La pequeña no se siente incómoda hablando de su padre, aunque al Capitán se lo parece porque al responder ese "Sí", agacha la cabeza y permanece callada unos instantes, para el Capitán infinitos por la culpabilidad que le daba creerse el causante de la momentánea "tristeza" de la pequeña. Al final, es ella quien retoma la palabra.
— Oiga, Capitán Smith...
— ¿Sí?
— Estaba pensando...si usted navegaba,y bueno, es Capitán...¿por qué no me acompaña a dar un paseo por el mar? En la barca de mi padre, digo; tengo entendido que usted vendió su barco hace unos años.
— Demasiados recuerdos en él...Está bien, vamos.
— Tendrá que dirigirla usted,yo no sé, mi padre iba a enseñarme este verano.
— De acuerdo.
Caminan hasta la barca, toman asiento y el Capitán pone rumbo al norte. Al rato se detiene y Amelie, que en realidad sí se había dado cuenta de que el Capitán había cambiado de tema para no explicarle por qué dejó de navegar, decide volver a sacar el tema.
— Capitán, ¿por qué dejó de navegar?
— Digamos que tuve una mala experiencia en alta mar.
No contenta con la respuesta, Amelie quiere saber más, así que insiste
— ¿Fue por aquella mujer? ¿Era su esposa? ¿Acaso se murió?
— Podría decirse que yo jamás había creído en las sirenas, hasta que la conocí.
Amelie no entiende nada, así que pregunta
— ¿Qué quiere decir?
— ¿No conoces ninguna historia acerca de una sirena? Veamos, se dice que las sirenas son mujeres de una belleza increíble, seductoras, y despiadadas. Se dice que hacen perder la cabeza a cualquier hombre que se cruce con alguna de ellas, hasta quedar perdida y absolutamente enamorado.
— ¿Era ella una de esas sirenas?
— Algo así.
El Capitán Smith, de repente dejó de hablar, como pensando en si debía proseguir o no con la  historia, puede que no le viniera mal desahogarse, pero Amelie es una niña, especial, pero una niña.
— Capitán, continúe por favor.
Al final retoma la palabra.
— Yo era muy joven. Era un chico con ganas de explorar, de conocer mundo, de viajar...y de enamorarme. Era un chico muy soñador, y siempre quise enamorarme en alguno de mis viajes en El Victoria.
— ¿El Victoria era su barco, no?
— Sí, era de mi abuelo. Victoria se llamaba mi abuela. Al morir mi padre, teniendo yo 17 años, comenzaron mis aventuras por el mar. Viajaba con otros dos amigos, Sam y Peter. Bueno, la cuestión es que, en uno de mis viajes, en Octubre de 1962,rumbo a Francia, tuvimos un pequeño problema y hubimos de desembarcar en otra ciudad,a casi dos días de distancia de Bordeaux,nuestro destino. Y qué maldito el destino...allí fue donde, de casualidad, la conocí. Mis colegas se fueron a buscar un teléfono para avisar a unos amigos que nos esperaban de que llegaríamos con un par de días de retraso, y mientras yo me quedé esperándolos en el puerto. Entonces fue cuando la vi por primera vez. Llevaba un vestido rojo, muy ajustado, y de pronunciado escote. También llevaba una pamela negra,a juego con su pelo y sus inmensas pestañas, y en contraste con sus ojos verdes. Y unos tacones de aguja...yo no sé cómo era capaz de mantener sus increíbles andares por las calles de aquella ciudad desangelada, donde el suelo estaba lleno de piedras que a cualquier otra mujer hubieran obligado a descalzarse para poder caminar. Llevaba consigo una pequeña maleta,así que supuse que estaría de paso; no tenía pinta de ser de allí. Para mi sorpresa, se acercó a mí con una sonrisa despampanante y me dijo:

"— Hola. Elisabeth Jones, encantada.
— El placer es mío, Señorita Jones. Yo soy Alfred Smith, para servirle.

— Disculpe, pero me preguntaba si podría hacerme un favor.

— ¿Cuál sería ese favor?

— Verá, yo vivo en Toulouse, he venido aquí para reunirme con un viejo y estúpido amigo, pero me ha dado plantón. Vengo de la estación, y resulta que ya no hay más trenes hasta pasado mañana, por la huelga, ya sabe. Y... me preguntaba si podría llevarme hasta algún sitio donde yo pudiera coger un tren.

— Mire, mis colegas y yo somos irlandeses, venimos desde Dublín, y vamos a ver a unos amigos a Bordeaux, si a usted le viene bien...ya vamos con retraso, no podremos parar en otro sitio.

— Oh, Bordeaux, ¡qué bella ciudad! Se lo agradezco enormemente. "

— Así fue como la conocí, y como dejé que subiera en El Victoria por primera vez. Ya era tarde cuando quisimos retomar el viaje, ya había anochecido, así que decidimos hospedarnos esa noche en una pequeña posada cerca del puerto. Alquilamos tres habitaciones, una para Sam y Peter, otra para mí, y otra para la Señorita Jones. Yo estaba agotado, así que tras cenar me fui a mi habitación. Ya estaba en la cama cuando alguien comenzó a llamar a la puerta insistentemente. Me levanté con desgana,y abrí lo justo para poder ver por una rendija. Era Elisabeth,que permanecía nerviosa ante la puerta, mirando hacia los lados. Me temí que hubiera pasado algo,así que abrí. Ella entró corriendo, parecía muy asustada, y yo le pregunté el porqué.
"— Oh, Alfred, menos mal que ha abierto. ¡He pasado mucho miedo!
— ¿Quiere decirme de una vez que diablos ha pasado? ¡Me está poniendo de los nervios!
— Iba yo de camino a mi cuarto cuando un hombre me ha agarrado por detrás y ha empezado a decirme guarradas al oído, sujetándome. En cuanto pude liberarme de él corrí hasta aquí."

— Justo después de decirme eso se metió en mi cama y me preguntó dándole igual cuál fuera mi respuesta si podría quedarse a dormir conmigo. Yo desde luego no me hubiera negado, ella era la mujer más bella que había visto en mi vida, tenía 19 años y yo tenía 17, así que me metí en la cama, me abrazó, comenzó a besarme y,bueno...
— ¿Hicieron el amor?
El Capitán resopla; no es agradable para él dar esos detalles a una niña de doce años.
— Sí. Recuerdo cada detalle de aquella noche. A la mañana siguiente temí estar enamorándome, porque ya la eché de menos cuando entró al baño para ducharse y no me dijo que la acompañara. Y desde entonces la eché de menos en cada uno de los momentos en los que desapareció de mi vista, aunque no se hubiera ido...No puedes imaginarte el miedo que me daba el momento en el que llegáramos a Bordeaux, y ella desapareciera para siempre de mi vida. A la noche siguiente volvió a dormir conmigo, y nos dijimos lo mucho que íbamos a echarnos de menos. Pero ninguno se atrevió a decir que no tenía por qué haber una despedida. Hasta que llegó el momento, llegamos a Bordeaux y ella tenía que irse. La acompañé a la estación, y tras comprar el billete, se lo quité de las manos y lo rompí.

"— No te vayas. Ven conmigo, Elisabeth, por favor. Ven conmigo a Dublín."

— Ella comenzó a reír, se abalanzó sobre mí y me besó. Así que embarcamos de nuevo, rumbo a Dublín, con nuestros amigos de Bordeaux, Rose y Charlie, que habían pasado allí una temporada por asuntos de trabajo y ahora volvían a su ciudad natal. Y claro,también Sam, Peter y yo. Y la más importante, Elisabeth. Yo vivía con mi tío desde la muerte de mis padres, pero al volver con Elisabeth empecé a trabajar y nos fuimos a vivir juntos. Desde entonces me acompañó en todos y cada uno de mis viajes, durante dos años. Tras cumplir yo los diecinueve, me dijo que le gustaría hacer algo distinto, un viaje a algún lugar diferente, sin darme motivo alguno. Pasada una semana de mi cumpleaños, el 17 de Abril de 1964, emprendimos un viaje del que ella elegiría el destino. Nunca me gustó el mes de Abril; mi padre murió a principios de Abril de 1961 porque fumaba como un carretero, y mi madre, de pena,por no saber vivir sin él, a finales. Pero ese viaje hizo que para mí todos los Abriles fueran, y sean más tristes y lluviosos que de costumbre. Al tercer día de viaje, le pregunté cuál era nuestro destino, pero no quiso contestarme, así que le pregunté cuál era la razón por la que había decidido elegir ella cuál sería el lugar al que viajaríamos esta vez. 

"— Me siento atada. Atada a ti, a tus miedos, a tus latidos. Yo nunca he sido así. Yo nunca había sentido amor por nadie. Y si temía empezar a sentirlo, vomitaba las mariposas de mi estómago con más asco que miedo. Asco al amor, digo._da una calada a su cigarro y continúa_ ¿Recuerdas hace unas semanas, que me dijiste que estabas enamorado de mí?"
— Asentí con la cabeza, atento a su explicación, pero totalmente confuso, y ella prosiguió:


"— Bien. Ahí me dí cuenta de que todo había cambiado. Digamos que podía soportar estar enamorada de ti, y digamos que sospechaba que tú lo estuvieras, pero...¿decirlo? No sé, desde pequeña he pensado que si dices algo en alto, no se cumple; como los deseos en los cumpleaños. En este caso,no quería que eso se cumpliera,pero me alegré al oírte decir que me querías. No me entendí. Y me asusté. Sé que el amor duele, y no quiero que duelas. Ay, si no hubieras dicho nada...Oh, cariño, con esto no quiero decir que tú seas el culpable, o bueno, quizás sí, no sé, la cuestión es que hubiéramos estado genial echando unos cuantos polvos, y queriéndonos sin decirlo. No espero que lo entiendas...tampoco yo lo entiendo bien._otra calada_ En fin,a lo que quiero llegar con todo esto es que la razón por la que quise elegir nuestro destino fue que el día de tu cumpleaños, al pedir tus tres deseos, temí que una declaración de amor por mi parte fuera uno de ellos;así seguro que no habría remedio, estaríamos acabados. Y más por prevenir que por curar, decidí marcharme. De verdad que lo siento, pero más siento sentirme en la obligación de decirte que te echaré de menos, cuando siempre he sido más de echar a patadas. A los hombres, quiero decir. En fin. Dejémoslo en que fue bonito mientras duró, que sí, que te quise, pero no quiero querer(te). Vamos rumbo a Bordeaux, donde yo debí coger un tren hace dos años. Y a falta de confesiones, te diré también que aquella noche en el hotel, mi única intención era acostarme contigo, y tampoco me entendí entonces, cuando no pude negarme a tu petición de quedarme junto a ti. Lo siento, de verdad que lo siento, pero no me gusta el amor. Y mucho menos me gusta amarte."
 — Tras su explicación; tras el final del chico que había sido hasta entonces, no pude decir ni una sola palabra, me sentí estúpido por perderla por haberle dicho que la quería...¡quién me mandaría a mí abrir la boca! ¿Sabes, Amelie? Aún me arrepiento, aún me acuerdo de ella. Y hoy, que he resucitado, creo sentir que sigo amándola. 

Después de tantos años de caparazón, negación y alcohol, el Capitán, por fin, gracias a la ternura de una niña de doce años, es capaz de despertar. Despertar de una pesadilla causada por una mujer que le hizo perder cabeza, razón y corazón. Y es capaz de sentir. Sentir que en el más sucio rincón de su negro corazón, aún hay amor hacia aquella despiadada sirena que ahogó su alma en el mar Atlántico.